ITURBE, Antonio: A cielo abierto (Seix Barral. Barcelona
2017. 622 páginas).
La larga novela de
Iturbe, que fue merecedora del premio Biblioteca Breve 2017, tiene como
argumento los orígenes de la aviación comercial y el papel de los primeros
pilotos que con gran riesgo, una voluntad romántica y mucho esfuerzo fueron
abriendo las rutas aéreas al correo y el comercio. El personaje clave es un
hombre cuya vida resultó novelesca: el piloto y escritor Antoine de
Saint-Exupéry. Pero no es el único. Junto a él aparecen las contingencias
vitales de otros pioneros de la aviación alrededor de la compañía Latecoère que
enlazaba Francia con África y América, como Didier Daurat, Henri Guillaumet o
Jean Mermoz. Todos ellos reales, héroes de la aviación francesa que comenzaron
dentro de la organización militar y alguno de ellos sucumbieron en la II Guerra
Mundial, en el aire, dejando un aurea de leyenda que ahora aprovecha Iturbe
para novelar, como un gran reportaje, estas historias.

Los aviones
necesitaban repostaje, paradas intermedias que venían obligadas también por
tratarse de líneas de carga y de correo. Ello implicaba la necesidad de tener
bases permanentes en tierra, algunas en territorio español. Por eso, esta
novela tiene algunos capítulos que se desarrollan en Cabo Juby o Villa
Cisneros. No es una novela sobre colonias españolas aunque tangencialmente
aparezcan. Por tanto, no se pueden hacer muchos comentarios sobre la narrativa
colonial, que es el objeto de este blog.
Iturbe conoce estos pormenores, es una novela minuciosa en
los detalles y a la que ha precedido una buena labor de documentación. Tal vez
sea demasiado descriptiva y le falte algo de intriga en los hechos, pero se
trata de una novela muy larga y no se podía detener en más argumentos.
Cabo Juby era la
Zona Sur de Protectorado de España en Marruecos, una franja limítrofe con el
Sahara Español. Tenía un pequeño asentamiento con un fuerte y un aeródromo.
Escasa actividad comercial, solo el intercambio o compraventa de productos con
los autóctonos, una pesquería y poco más. Era una instalación militar
estratégica entre Sidi Ifni y El Aaiún y frente a las islas Canarias. Esta
posición se amplió llegando a ser una pequeña ciudad que los españoles la llamaron
Villa Bens y hoy se llama Tarfaya:
… la presencia española se limita a unos
cuantos fuertes minúsculos desperdigados en miles de kilómetros de un desierto
que les es ajeno. Al atardecer, se baja bandera, se cierran los portones de las
fortificaciones y se abren las cantinas para que los soldados beban vino malo,
jueguen al dominó o al guiñote y arreglen el mundo. Raramente pasean fuera del
recinto en esa tierra que dicen española. Las tribus hostiles acechan, también
las tormentas de arena y ese pedregal áspero que se abre ante ellos. La región en que se hallan desde ahí hacia el
sur, hasta cabo Blanco, es un área desértica que se empeñan en llamar Río de
Oro con esa afición por lo grandilocuente de los españoles: allí ni hay río ni
hay oro.
Cabo Juby es un recodo entre dos desiertos,
uno de secano y otro de agua. En ese filo de África las olas se desperezan en
la orilla de una playa vacía de cinco mil kilómetros cuadrados. En medio de una
soledad abofeteada por el viento se alza el acuartelamiento del ejército
español que, visto desde el aire, parece una fortaleza. Mirando más cerca, no
resulta tan imponente: los muros desconchados, las ventanas desportilladas, la
corrosión pudriendo los remates de metal (página 216).
Quizás Iturbe peque
de la visión excesivamente negativa, por otro lado general, que los escritores
españoles tienen sobre las posesiones africanas de España. El fuerte era un
edificio que no estaba en tan mal estado y que cumplía sobradamente su misión.
El autor entiende que Río de Oro era todo el Sahara español, cuando la mitad
norte se llamaba Saquia el Hamra. Y hubo oro, mucho oro, que transportaban las
caravanas que llegaban desde el interior y que propició el nombre que le dieron
los navegantes portugueses. Tampoco es muy favorable a los militares españoles
destinados en el fuerte, los pinta soberbios y un tanto mezquinos frente a la
noble personalidad de Saint-Exupéry que tiene que negociar por ellos con los
cheijs locales.

En 1929
Saint-Exupéry empieza a publicar sus primeros relatos basados en sus
experiencias en el aire. Frecuenta los aeródromos de Cabo Juby y de Villa
Cisneros. Es un hombre distante, no muy simpático aunque correcto con los
españoles. Tiene sus dudas literarias. Busca un estilo, un argumento fuerte. Y vuela
en las mismas condiciones precarias que sus compañeros. Su paso por los
aeródromos españoles es circunstancial, aunque lo recuerda en algunas de sus
novelas pero sin que la presencia española en la zona fuera un asunto
especialmente importante para él.
La novela de Iturbe
gustará más a los aficionados a la aviación que a los de las colonias
africanas.