martes, 10 de noviembre de 2020

NOVELAS DE LOS JUDÍOS DE MARRUECOS (1): LOS MUERTOS DE RONI de LEO AFLALO

 

AFLALO, Leo: Los muertos de Roni (Hebraica ediciones. Madrid 2004.199 páginas).

   A pesar de que los judíos permanecieron en Marruecos durante siglos, la literatura de ficción sobre ellos es escasa. Algunas referencias en las novelas de Galdós o de Luis Antonio de Vega; menciones esporádicas en muchos otros libros. En la época del Protectorado, algunos autores españoles no hebreos dedicaron libros a esta comunidad que entonces era numerosa en el Magreb. Es conocido el libro Los hebreos en Marruecos (1919) de Manuel L Ortega. Tal vez estaban influidos por el doctor Pulido, o simplemente les pareció interesante reflejar la vida de unas personas que todavía conservaban los recuerdos de Sefarad. Solo Luis Antonio de Vega con Amor entró en la judería (1944) les dedicó una novela completa.

   Dos autores judíos que escribieron en español nos sirven como primeras referencias de una literatura nueva de escritores singulares: los que usan la lengua de España, tuvieron relación con Marruecos y –muchos de ellos- siguieron caminos que los alejaron de sus orígenes. Esas dos referencias Fueron Jacobo Bentata e Isaac Benarroch. Ya hemos comentado sus libros.



   Actualmente van apareciendo nuevas contribuciones a la novela en español de ambiente marroquí, en las que lo colonial es una parte fundamental del escenario histórico y la visión judía una manera de abordarlo con otra mirada.

Mellah de Tetuán

   Los muertos de Roni es un relato nostálgico, íntimo, familiar en el que el recuerdo permanente del tiempo pasado es como un aviso de la forma de vida perdida. Aflalo trata de reconstruir la vida familiar en un contacto imaginario –supongo- con sus muertos. Como una comunicación en la que le van trasladando los hechos del pasado. Como si estuviera con ellos: Cuando paso muchas horas seguidas con mis muertos, concentrado en sus vidas, descubro cuanto me parezco a alguno de ellos (página 48). Hay que tener una buena técnica literaria para que una historia aparentemente familiar pueda interesar a los que no pertenecen a la familia y Aflalo la posee. Porque en sus páginas hay sentimientos sinceros. La nostalgia no es solo de judíos, es una sensación que abarca a todos los humanos en algún momento y la añoranza a los muertos entraña una vuelta a pasado, a las costumbres perdidas que gusta recordar. Una frase inteligente: Mis mayores, mis maestros, fueron fósiles. Yo he ido más lejos y voy camino de convertirme en polvo. Es la única manera (página 65). Y, con cierto humor negro, expresa una idea que subyace en el libro entero: Me sorprende, cada vez más, la seguridad de los que afirman que están vivos y hasta se sienten capacees de demostrarlo. El sufrimiento o la ausencia de sufrimiento, eso sí lo entiendo. No es cuestionable de ninguna manera. Y he comprobado que a la hora de sufrir da igual estar vivo que ser un muerto (página 65). El recuerdo no solo referido a las personas sino al lugar donde ya no se vive, del que se está alejado: Cuando ya no existe el lugar al que uno pertenece, resulta más fácil vivir con los muertos (página 95).



   En esta historia los muertos tienen secretos que guardarán para siempre y otros que revelan de manera inconsciente a los que se comunican con ellos mediante la memoria familiar. Pequeños secretos, cadenas de vínculos entre familiares que no descubren los médiums sino los parientes vivos. En realidad, una concepción de la transcendencia del ser humano más allá de la muerte física. Y un concepto de la familia como pequeño universo. Los familiares muertos son el vínculo con el pasado, con la cadena de ascendientes que nos trae al presente y explica por qué nacemos en un lugar y en unas circunstancias determinadas. Y cuando las familias judías han dejado, después de muchos años y muchas generaciones, las comunidades de Tánger y Tetuán para buscar nuevos lugares de acogida, la conexión con el pasado muerto se hace más necesaria espiritualmente.

   Es una novela amable, llena de una nostalgia que no es melancolía sino el recuerdo inevitable de lo ido y el recuerdo confuso de lo que no se conoció. Un relato emotivo e que nos deja Aflalo, que escribe al final: Pienso en esas extrañas palabras que a veces se cuelan en mis sueños. Esos sonidos que vibran de forma tan diferente. No las conocen los vivos y yo nunca les di importancia. Y me arrepiento.  Pertenecen al idioma en el que se comunican las almas y ahora me serían de gran ayuda. Para entender. Para explicar. Y me prometo a mí mismo prestarles más atención de ahora en adelante (página 177).

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