miércoles, 18 de septiembre de 2013

EL DESASTRE DE ANNUAL EN "LA NOVELA SEMANAL"

   Las colecciones de novelas cortas fueron una de las principales lecturas de las familias españolas cuando aún no se había difundido el uso de la radio. Era, pues, una manera de distracción, de llenar el ocio. Las familias burguesas se suscribían a las diferentes colecciones existentes a lo largo de los años, y solían pasarla de unos miembros a otros salvo la censura moral que los padres ejercían sobre hijos y, sobre todo, hijas. Después algunos las encuadernaban y pasaban a las bibliotecas domésticas junto a la otra fuente  principal de información y ocio que eran las revistas ilustradas, verdaderas joyas. Una de esas colecciones fue La Novela Semanal, colección aparecida en 1921. Quizás la última gran colección. Pertenecía a la empresa Prensa Gráfica, muy potente en la época ya que editaba las revistas Mundo Gráfico, Nuevo Mundo y La Esfera. El editor y propietario era José María Carretero Novillo, conocido en el siglo como El Caballero Audaz, escritor fácil que tuvo una etapa galante y otra muy política, tomando partido por el bando franquista y escribiendo una serie de gran éxito entre los lectores del bando vencedor, La revolución de los patibularios. Fue un gran periodista, uno de los mejores entrevistadores, buen crítico taurino y aceptable novelista aunque ya pasado de moda. Su olfato de editor y de escritor de éxito le dijo que en el desastre de Annual había materia para escribir y tuvo la iniciativa, entre otras, de dar a la luz una serie de novelas sobre la tragedia, dentro de la colección aunque publicadas como números extraordinarios. Para ello encargó a cinco de sus mejores colaboradores la redacción de unos relatos que vieron la luz entre 1921 y 1922. Como era habitual en la colección, todos muy bien ilustrados. Eran novelas cortas patrióticas en las que se ensalzaban los valores de los nuestros y se clamaba por la venganza. Fueron los siguientes:
1.      El héroe de La legión de El Caballero Audaz. (Publicaciones Prensa Gráfica. La Novela Semanal número extraordinario. Madrid. Sin fecha (1921). 76 páginas. Ilustraciones de Penagos).
   Es una típica novela legionaria. Presenta al recién creado cuerpo como una escuela de redención en la que el desesperado, el perdido, el errado puede llegar a héroe. El autor volverá al tema africano en otras novelas, sobre las que volveremos en su día.



 2.      Los caballeros de Alcántara de Antonio de Lezama. (Publicaciones Prensa Gráfica. La Novela Semanal número extraordinario. Madrid. Sin fecha (1921). 79 páginas. Ilustraciones de Ricardo Marín).
   Lezama había sido director de otra colección célebre de novelas cortas ilustradas El Libro Popular. En esta novelita se incluye en la línea de exaltación al ejército patrio pero sin olvidar algunas críticas a mandos y políticos.

3.      La misma sangre. de Juan Ferragut. (Publicaciones Prensa Gráfica. La Novela Semanal número extraordinario. Madrid,  31 de diciembre de 1921. 77 páginas. Ilustraciones de Penagos).
         


4.      Bajo el sol enemigo de Antonio de Hoyos y Vinent. Publicaciones Prensa Gráfica. La Novela Semanal número extraordinario. Madrid,  8 de marzo de 1922. 75 páginas. Ilustraciones de Echea).
   Otra novela legionaria de ideario similar a la de El Caballero Audaz. Hoyos era un autor conocido, de gran cultura y educación esmerada, homosexual y decadentista. Pero no le importó sumarse a la corriente patriótica para pedir una acción enérgica en el protectorado.


5.      Lupo, sargento de  Carlos Micó. (Publicaciones Prensa Gráfica. La Novela Semanal número extraordinario. Madrid,  8 de abril de 1922. 73 páginas. Ilustraciones de Ricardo Marín).
   Micó conocía bien La Legión desde dentro. Se alistó, combatió bien y ascendió por méritos de guerra. Su personalidad original merece ser comentada cuando hable de otras de sus novelas africanas. No le falta sentido del humor en su relato guerrero.




   Además, esta colección publicó otros dos números ordinarios sobre el desastre:

6.      Sacrificio de Emilio Carrere. (Publicaciones Prensa Gráfica. La Novela Semanal número 48. Madrid,  10 de junio de 1922. 73 páginas. Ilustraciones de Echea).
   Carrere es el único de los autores que tiene un fondo antibelicista, contrario a la aventura colonial y a los sacrificios estériles que estaba provocando en familias modestas. Está dentro de la numeración ordinaria de la colección aunque se anuncia como extraordinaria.


7.      El sorbo del heroísmo de Gabriel Alomar. (Publicaciones Prensa Gráfica. La Novela Semanal número 91. Madrid,  7 de abril de 1923. 60 páginas. Ilustraciones de Regidor).
   El autor dedica las cuatro últimas páginas de su novela a un relato sobre un viejo moro marroquí de Tetuán que se lamenta de la destrucción que causan los españoles.





miércoles, 11 de septiembre de 2013

AVENTUREROS EN TÁNGER (1)

MARTÍNEZ-HIDALGO, José María: Niebla en el estrecho (Barcelona 1951. Editorial Juventud. 222 páginas).
VELA JIMÉNEZ, Manuel: Los dineros del diablo (Barcelona 1958. Editorial AHR. 231 páginas).
ONIEVA, Antonio J.: Un aventurero en Tánger (Madrid 1962. Ediciones EGO. Colección Volad de aventuras. 78 páginas).
MARCOS, Eduardo: Sujeto peligroso en Tánger (Barcelona 1958. Ediciones Domingo Savio. Colección Ardilla nº 80. 80 páginas).
   Tánger fue un experimento político, una situación extraña motivada por intereses geopolíticos. Al no querer las potencias que España, Francia o el Reino Unido tuvieran la llave completa de las dos orillas del Mediterráneo occidental, se acudió al expediente de crear una zona internacional en la que varios países compartían, de manera desigual, la administración siendo España y Francia las que se llevaron la mayor parte. Esta forma de soberanía compartida generó una legislación extraña, entre puerto franco y paraíso fiscal, que llamó a toda suerte de contrabandistas, aventureros, financieros de fortuna, espías, vividores o bohemios. De aquí surgió una vida económica fácil y rica, basada más en la especulación que en otra cosa. Y un ambiente de lujo producido por el flujo de divisas. Pero también atrajo al hampa de todo el mundo que pronto vieron las posibilidades de lucro que presentaba la ciudad. Esta situación social caracterizada por una gran tolerancia también atrajo a escritores de todo el mundo y por allí desfilaron Truman Capote, Tennesee Willians, Jean Genet, William Burroughs, Paul Bowles, Paul Morand, etc. Y el asunto novelesco también fue aprovechado, con mejor o peor fortuna, por algunos españoles. Entre ellos los que entendieron que se podía construir una historia de aventuras.
   El ambiente, personajes y situaciones que podían ser novelescas fueron aprovechados con desigual resultado. Algunas novelas se refieren a Tánger de pasada, como una manera de enriquecer el relato que transcurre por otros derroteros. Otras se centran de lleno en el universo de la ciudad. En general, como es norma en la novela colonial española, los resultados no son extraordinarios y sólo en algunos casos contados se puede entrever el reflejo de lo que fue la sociedad tangerina. No obstante, vamos a dar una repaso somero a lo que se escribió.
   Antonio J. Onieva (1886-1977) era un navarro dedicado a la enseñanza. Estudió magisterio y Derecho y ejerció de inspector de enseñanza primaria en Asturias. Su vocación literaria se traduce en un considerable número de libros sobre historia, biografías, ensayos y, al menos, cinco novelas. Fue el primer director de  La Voz de Asturias. Militó en el republicanismo reformista de Melquiades Álvarez pero en la Guerra Civil optó por el bando franquista. Un buen día, quizás por la atracción de los buenos sueldos, se fue al Protectorado de Marruecos y continuó allí su carrera administrativa, llevando asuntos relacionados con el turismo. Fue Director General de Prensa, Radio y Propaganda del protectorado. Es autor de una notable guía turística sobre la zona y de otros libros de viajes.

   De su paso por Marruecos, como a tantos otros con sensibilidad literaria, le quedó el gusto por escribir sus impresiones y le dio salida en forma de novela. Un aventurero en Tánger se publicó después de la independencia del país y trata de dibujar, con ironía, el ambiente de la ciudad donde todo era posible y donde todo se conseguía con buenas o malas artes. Aquí no prospera más que lo falso (página 52). La novela carece de una intriga atrayente, es más una sucesión de páginas en las que desfilan seres pintorescos y situaciones curiosas desde la lente del autor. Es una parábola de la mentira triunfante con moraleja.
   De curiosidad podemos calificar a la novelita Sujeto peligroso en Tánger de Eduardo Marcos (posiblemente un seudónimo nutricio de Luis Carandell). Se publicó en la colección Ardilla y eran lecturas de veinte minutos pero de popularidad entre los jóvenes, auspiciadas por los salesianos. Sólo una parte se desarrolla en la ciudad internacional, en una trama de lucha entre bandas mafiosas y con el contrabando de fondo.

   Hay dos novelas, en esta primera selección de aventuras tangerinas, de mayor entidad. Y mejor trazadas. José María Martínez Hidalgo (1913-2005) fue un marino –primero mercante y después militar- asturiano afincado en Barcelona donde dirigió el Museo Marítimo. Escribió algunos libros de asunto náutico alguno dedicado a Lepanto o las carabelas de Colón, diccionarios o enciclopedias marítimas. También se atrevió con la novela, aunque siempre ambientada en el mar, como la que nos ocupa o Farruquita (1953). Niebla en el estrecho conjuga la pasión náutica con el atrayente mundo del contrabando en el estrecho de Gibraltar. Es, ante todo, una esta novela marinera, un canto al hombre de mar y al barco de vela. Las referencias a Tánger son pocas, esporádicas y circunstanciales, por lo que no entra de lleno en la materia de este blog aunque merece la mención.

   Vela Jiménez fue escritor y periodista. A veces firmaba en El Noticiero Universal de Barcelona. De tendencia falangista, estaba próximo a Luys Santa Marina y se acercó a la novela en varias ocasiones. Los dineros del diablo es una novela casi negra sobre los bajos fondos tangerinos, el ambiente del contrabando y la lucha por la supervivencia de personajes de varia calaña llegados de cualquier parte del mundo que se juntan con los marroquíes atraídos por el dinero fácil que les proporcionaría comodidad y seguridad. Vela escribe con rapidez las distintas escenas. Le preocupa más describir un ambiente de corrupción que detenerse en aventuras y conflictos. Son más interesantes los personajes que la historia. La novela se lee bien, con facilidad, pero lo único verdaderamente original –al menos en la novela española de la época- era el escenario colonial. El tiempo transcurre entre las dos orillas, los arrabales de La Línea y las gentes de Gibraltar. La mala vida como camino hacia la buena vida. Los que no tienen nada que perder y se arriesgan. Tánger tiene muchos caminos. Todavía con valor, con ese valor tan simple de jugarte la vida a cara o cruz, puede hacerte rico (página 89). Es una novela de perdedores, de desarraigados que comprenden que también en el delito hay escalas y rangos pero a los que, al menos lo piensan con fatalismo, no les quedaba otro camino. Mejor novela que las otras citadas, sirve de muestra de un aspecto de la compleja sociedad tangerina de la etapa colonial.


lunes, 2 de septiembre de 2013

ORÁN ESPAÑOL EN LA NOVELA

REYES BLANC, Luis: Cartas de Orán. (Editorial Martínez Roca. Barcelona 2002. 231 páginas).
VIDAL, César: El violinista del rey animoso (Anaya. Madrid 2001. 149 páginas).
PÉREZ-REVERTE, Arturo: Corsarios de Levante (Alfaguara. Madrid 2006. 348 páginas; Círculo de Lectores. Barcelona 2007. 348 páginas; Punto de Lectura. Barcelona 2008. 324 páginas)

   Orán fue posesión española desde que la conquistó el cardenal Cisneros en 1509 hasta el abandono definitivo en 1791. Con el castillo de Mazalquivir constituían un dominio inexpugnable, comparable en defensa a Cartagena de Indias. Los españoles tomaron esta posición, como otras tantas perdidas después, para evitar la acción berberisca contra las naves cristianas que cruzaban el Mediterráneo. Los turcos se aprovechaban de los piratas para entorpecer el comercio cristiano y para proveerse de esclavos. Los españoles pretendían impedir estas acciones, proteger las costas españolas contras las incursiones africanas y tener una base para atacar a los navíos otomanos y los de los pueblos vasallos, para realizar cabalgadas contra las tierras circundantes en busca de botín y esclavos, y mantener al enemigo dentro de las fronteras. Como dice Reyes Blanc en su novela: Los presidios españoles en Berbería, empezando por los que ya hemos perdido, han sido palos en las ruedas del Turco cuando mejor rodaba, retrasos para su carrera hacia Occidente cuando iba más veloz, avispas que distraían al león en el momento en que más feroz era (pp. 91-92). Con esta historia de más de dos siglos, es raro que no haya más ficción sobre la materia.

   No se puede hablar propiamente de colonialismo pero es lo más parecido que hay. La ciudad de Orán contó con  una población española establecida, descendientes de los que acompañaron a Pedro Navarro cuando legó con Cisneros o de los soldados licenciados que optaron por permanecer en la ciudad. Además contaba con numerosas tropas de guarnición y con desterrados y presidiarios. En este escenario que parece tan novelesco sin embargo se han situado muy pocas ficciones en la literatura española.
   Luis Reyes Blanc es un periodista nacido en Albacete en 1945. Por su trabajo como corresponsal y más tarde para la ONU ha conocido África de primera mano y fruto de esas experiencias son libros como Movimientos de liberación en África (1973), De Jerusalén a Moscú (1992), Historias del África perdida (2001) y otros. También ha escrito libros de historia como El cardenal infante (2012). Mezcla de su curiosidad por África y su gusto por la historia es la novela Cartas de Orán en la que narra la vida española en la ciudad argelina, en la llamada Corte chica, entre 1579 y 1581. Podemos llamar a ésta novela-ensayo porque, lejos de armar una novela histórica al uso, de montar intrigas y aventuras imaginadas en escenarios reales o de recrear vidas pasadas con hechos probables, Reyes Blanc ofrece un retablo de sucesos enmarcados en la ciudad. Ha recreado a la perfección algunos aspectos, los conocidos, de la vida oranesa del XVI, colocando en los episodios a algunos de los personajes de los que se tienen noticias ciertas: El gobernador, Vespasiano Gonzaga que fue autor de las fortificaciones, el propio Miguel de Cervantes una vez libre del cautiverio de Argel…. Todo ello tomado de fuentes conocidas que el autor reconoce como inspiración: Las obras de Cervantes, Diego Suárez, Argote de Molina, Vélez de Guevara o el padre Diego de Haedo...

   El autor se vale de un duque desterrado a Orán y de uno de sus criados, que es el encargado de narrar la vida oranesa mediante cartas que envía a Argote de Molina a Sevilla. En estas epístolas desgrana algunas historias recogidas de la bibliografía y otras de pura invención para darle a la novela un aspecto ficticio. En esas crónicas que destapa lo que pudo ser la existencia de los españoles en la plaza, con una sucesión de destierros, cabalgadas, penurias… La difícil convivencia con los pueblos vecinos, unos amigables –moros de paz- y otros enemigos –moros de guerra-. Y la rivalidad existente con los otomanos que ya dominaban los reinos de Argel y Tremecén. El conocimiento de la historia y la moderación en la narración de acontecimientos, ya que el autor evita aburrir al lector con un relato exhaustivo de todo lo posible, concluye en una novela amena y curiosa en torno a las gentes contradictorias del renacimiento, nobles, caballeros e hidalgos españoles desterrados por graves delitos y conductas censurables pero que, llegada la ocasión, demuestran un valor, honor y generosidad ejemplares.
   El conocido periodista y prolífico escritor César Vidal publicó una novela en 2001 con el encomiable propósito de dar a conocer a los jóvenes la historia de España durante el reinado de Felipe V y, consecuentemente, la vida cortesana del siglo XVIII. Es una novela tradicional pero bien  escrita en la que se sirve de un violinista adolescente para situar los hechos. Entre los capítulos, hay algunas referencias a Orán. Concretamente, se habla de la toma de Orán y Mazalquivir tras la pérdida en la guerra de Sucesión. Algunos detalles sobre el trasfondo histórico pero sin especial importancia desde el punto de vista de historia colonial.

   Arturo Pérez-Reverte decidió novelar la historia bélica de imperio español valiéndose de un personaje atractivo y complejo, el capitán Alatriste. Lleva ya publicadas siete novelas de la serie que empezó en 1996. El autor decidió abandonar la línea crítica de la novelística española contemporánea y retomar la historia de España sin que fuera el relato de una serie de abusos y matanzas. Hay episodios de los que enorgullecerse y presumir. Sin que ello signifique que sus personajes sean todos y siempre nobles y buenos.  Para contar episodios y batallas, posee un notable conocimiento de la historia que lo hace experto en algunas materias como lo relacionado con la navegación. En este discurrir por el siglo XVII no podía falta una entrega relacionada con los presidios africanos y aprovecha la atractiva situación de Orán. Escribe:     La ciudad participaba de la ruin condición del resto de las plazas españolas en África, mal abastecida y peor comunicada, con sus defensas mermadas por la improvisación y la incuria. Pero en este caso no se trataba de una peña seca y fortificada como Melilla, sino de un verdadero lugar con río, agua abundante y huertas aledañas, amén de una guarnición que, aunque insuficiente –en aquel tiempo había unos mil quinientos soldados con sus familias además de quinientos vecinos de diversos oficios-, se las arreglaba para defenderse y, llegado el caso, ofendía con desenvoltura. De manera que si las plazas españolas se encontraban casi abandonadas a su suerte, la de Orán, siendo mala, no era de las peores.
   El Orán que nos muestra Pérez-Reverte es el que mejor se acomoda a sus personajes, aunque quizás no era el real. Esta ciudad en 1627, año de la trama novelesca, seguramente estaba mejor guarnecida y con las fortificaciones más cuidadas de lo que refleja la novela. Pero el autor quiere incidir en el abandono en que se encontraban los tercios españoles, los combatientes ultramarinos, las posesiones fuertes en África y los dominios europeos que cedían en importancia frente a las nuevas tierras descubiertas en América. Los personajes de Pérez Reverte son soldados de fortuna que conviven con la muerte, con el peligro y la mala vida. Mal pagados, se resarcen con los botines de guerra que en Orán tiene  origen en las cabalgadas contra los moros de guerra de las tribus fronterizas. Son pendencieros, tramposos e inmorales; pero de noble corazón y siempre al servicio del rey y la patria. Pérez-Reverte tiene una buena prosa y mantiene la atención del lector con sucesión de peripecias de los distintos personajes, bien caracterizados. No tiene problemas para usar la técnica de los folletinistas (en algunas de sus novelas se ven influencias de Dumas o de Fernández y González), de aquellos novelistas bélicos tan de moda en los 60 y 70 como Larteguy o Hassel o, incluso, de las novelas del oeste. Son artificios de una gran utilidad para mantener al lector interesado en el desarrollo de la acción. Y, si se utilizan bien y con calidad no hay nada que oponer.



   Pérez-Reverte no se detiene mucho en Orán. Sus descripciones de la ciudad y alrededores son las mínimas para encuadrar el relato. Después de un tercio de las páginas, la novela se traslada a otros escenarios mediterráneos.

martes, 13 de agosto de 2013

ANTONIO REAL Y REAL (MEDIA PESETA) de AURELIO BAIG BAÑOS

BAIG BAÑOS, Aurelio: Antonio Real y Real (Media peseta). Héroe fabulosos de la guerra de Melilla del año 1893 (Imprenta del Asilo de huérfanos del S. C. de Jesús. Madrid 1918. 96 páginas).
   La guerra de 1893 en Melilla se originó por la construcción de un fuerte en Sidi Guariach, lugar que los musulmanes consideraban sagrado por hallarse una mezquita y un cementerio. Este incidente religioso se aprovechó por las tribus fronterizas para plantear una nueva campaña contra los españoles que expandían su territorio en virtud de lo tratado en la paz de Wad Ras de 1860. La torpeza militar y política del general Margallo, entonces comandante de la plaza, hizo que se engrandecieran los incidentes llegando a la categoría de guerra. Esta situación pudo haber servido de aviso de lo que vendría posteriormente: La hostilidad de los rifeños hacia la acción española, la falta de espacio en Melilla para albergar tropas expedicionarias, el sistema injusto de reservistas españoles que obligaba a acudir a la guerra sólo a los de una provincia o región, algunas carencias de material y de mando…
Melilla. Fuerte de la Purísima Concepción (Sidi Guariach).
   Esta campaña fue muy seguida por la prensa. La explosión de enviados especiales de los distintos periódicos hizo que se siguiera a diario por los españoles, a pesar de la censura militar. El periodista sustituyó al entreguista de la guerra de 1860. Los diarios y revistas se habían desarrollado mucho en España y la prensa era, como es lógico, la encargada de informar. Llegaron a  Melilla plumillas muy conocidos como Boada (La Vanguardia de Barcelona), Hernández Mir (El Porvenir de Sevilla), Nocedal (El Siglo Futuro de Madrid), Mínguez y Rodrigo Soriano (El Liberal), Rancés (El Tiempo),  Gasset y Alhama (El Imparcial) Nouvilas y Muñoz Pérez (El Globo),  Aldodern (La Correspondencia de España) Morote (La Ilustración Ibérica), etc., etc.  Algunos publicaron luego libros en los que compilaban o mejoraban las crónicas de primera hora. A los que hay que añadir los análisis de otros especialistas. Esto ha facilitado mucho el conocimiento de los hechos y es un episodio relatado ampliamente. Así, la campaña se puede leer en obras como: El conflicto de Melilla y la cuestión hispano-marroquí (1893) de Odón de Buén, Melilla. Peligros. Desaciertos de España. Urgente necesidad de remediarlos. Manera de hacerlo. Nociones de política hispano-marroquí (1893) de Gonzalo de Reparaz, La cuestión de Marruecos (1893) de Hernández Villaescusa, La cuestión de Melilla (1894) de Rafael Torres Campos,  Farrucos y gallinas. Impresiones de un viaje a Melilla (1894) de Francisco Hernández Mir, La campaña de Melilla (1894) de Ramón García-Rodrigo Nocedal, ¡Al África, españoles! (1894) de Álvaro Carrillo, Melilla. Historia de la campaña de África en 1893-1894 de Adolfo Llanos Alcaraz, Allende el estrecho: Viajes por marruecos (1895) de José Boada y Romeu,  Moros y cristianos (1895) de Rodrigo Soriano, Crónica de la guerra del Rif (1895) de Rafael Guerrero,   Los sucesos de Melilla del capitán Martín, Sagasta, Melilla, Cuba  (1908) de Luis Morote hasta obras recientes como La guerra de Melilla en 1893 (2008) de Agustín Ramón Rodríguez González.


   Sin embargo, es una actuación que apenas se refleja en la ficción. Sólo podemos citar una novela, la que nos ocupa debida a Aurelio Baig Baños (1864-1935), un escritor conocido que tenía como especialidad Cervantes y el Quijote, pero que también cultivó otros géneros y fue traductor. La novela Antonio Real y Real (Media peseta) es el relato en primera persona de un sargento fanfarrón y valiente pero un delincuente pendenciero  que, entre otras cosas, estuvo en la guerra de Melilla. En un ambiente picaresco de bajos fondos, el protagonista narra su vida a una concurrencia tabernaria. Un hombre desafortunado que, para huir del hambre y la penuria de la vida barcelonesa, elige la milicia. El autor nos presenta la Melilla de burdeles y hampa, de negocios sucios y crimen. Entre la basura relucirá, cuando llegue la ocasión, el  heroísmo, desprendimiento y nobleza de carácter de los desheredados que pueblan los cuartes, entre ellos el protagonista. La ocasión es la guerra pero el novelista se olvida de ellas salvo la referencia en el título y algunas frases del texto. La vida prostibularia y tabernaria de Melilla no da detalles diferenciados y puede ser cualquier otra ciudad española. Lo mismo ocurre con las descripciones de los hechos delictivos y las acciones de los protagonistas. En definitiva, la guerra de 1893 sigue siendo un campo virgen para la novelística.

jueves, 8 de agosto de 2013

MOROS Y CRISTIANOS de PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN

DE ALARCÓN, Pedro Antonio: Moros y cristianos y Los ojos negros. Narraciones inverosímiles (Los Contemporáneos y Los Maestros nº 308. Madrid 20 de noviembre de 1914. 20 páginas. Ilustraciones de Juan Francés).
Pedro Antonio de Alarcón
   Pedro Antonio de Alarcón es conocido, en su faceta africanista, por una obra clave para comprender la guerra de 1859-1860, el Diario de un testigo de la guerra de África. Cuando en la España de la época se vivió el entusiasmo de la guerra contra el moro, Alarcón tuvo la idea aventurera (puede que también oportunista) de asistir a la misma en calidad de cronista. Se valió del apoyo del general Ros de Olano, que era uno de los jefes de la expedición y que escribía versos y novelas, para poder acompañar al ejército en campaña. Fue publicando unas entregas semanales que alcanzaron un éxito popular que ni el autor, ni el editor (Gaspar y Roig) pudieron imaginar. La obra dio mucho dinero a ambos y se reprodujo en incontables ediciones que se iniciaban con el prólogo del general Ros de Olano. Alarcón fundó además, en la imprenta de campaña, el primero diario marroquí: Diario de África. Cuyos ejemplares constituyen una de esas raras joyas bibliográficas que se buscan con desesperación y se sospecha que ya no existen.
Primera página de Diario de un testigo de la guerra de África.
   Pedro Antonio de Alarcón era ya un escritor popular y de éxito. Había nacido en Guadix en 1833 y moriría en Madrid en 1891. Como era práctica habitual entre los literatos del su generación,  se acercó al periodismo y la política desde una postura republicana y revolucionaria moderada. Novelista fecundo con títulos famosos como El clavo (1853), El escándalo (1875) o El niño de la Bola (1880) y otras que se repetían en ediciones y que, años más tarde, tuvieron versión cinematográfica.  También publicó libros de viajes y narraciones breves que reunió en Cuentos amatorios (1881), Historietas Nacionales (1881) y Narraciones inverosímiles (1882). Es un escritor entretenido que teje historias cuya intriga mantiene al lector en la tarea. Uno de los precursores del género fantástico. De peor factura es su teatro.

   A pesar de que su aventura africana le dio fama, dinero y experiencias, no volvió a tocar el argumento marroquí salvo en algunas referencias a lo largo de su extensa obra. Quizás la más importante es la novela breve Moros y cristianos, que se publicó originariamente en la década de los 80 del siglo XIX en sus Narraciones inverosímiles, pero que la colección Los Contemporáneos rescató en su nº 308 de 1914. Alarcón retrotrae la acción al pasado, como le gustaba, a 1821 en un pueblo alpujarreño donde todavía eran visibles las huellas del pasado morisco en sus casas y sus habitantes. Introduce, también como marca habitual del escritor, el elemento del misterio en forma de tesoro oculto. Con cierto costumbrismo y sentido del humor, describe a unos personajes bien definidos con muy pocas líneas como corresponde al estilo del autor.  Evidentemente son fechas anteriores al colonialismo español en África pero, sin querer desvelar la intriga, nos ofrece algunos detalles de Ceuta, Anyera y el camino a Tetuán que conocía por su estancia en aquellas tierras en 1859. Hay un lapso de cuarenta años, tal vez poco para notar diferencias dados el lugar y la época. Pocas líneas, en fin, sobre lo que un siglo después sería el Marruecos español.

   
 Ilustración de Juan Francés para Moros y Cristianos.

martes, 6 de agosto de 2013

CUANDO SE PERDIÓ EL "REGENTE" de VICENTE DÍEZ DE TEJADA

DÍEZ DE TEJADA, Vicente: Cuando se perdió el “Regente” (Los Contemporáneos nº 322. Madrid 26 de febrero de 1915. 20 páginas. Ilustraciones de Romero Calvet).
   Vicente Díez de Tejada fue un escritor popular a principios del siglo XX, habitual en las colecciones de novelas cortas y en las páginas de las revistas literarias como Blanco y Negro. Era telegrafista de profesión y escribía mientras esperaba los telegramas que se recibían o mandaban. Estuve destinado en Tánger antes de acabar en Barcelona. De esa residencia procede el libro Cosas de los moros (Barcelona 1906) y del gusto exotista sus traducciones de las obras de Pierre Loti. No sé si el autor vivió el episodio del Reina Regente o lo escuchó en Tánger, donde quedó grabado en la memoria colectiva de los habitantes de la ciudad.
 

  El crucero Reina Regente era un poderoso navío de la escuadra nacional botado en 1887.  En 1895 llevaba desde Cádiz a Tánger a la embajada que el sultán de Marruecos había enviado a Madrid para negociar un nuevo tratado de comercio tras los sucesos de Melilla de 1893. Una vez cumplida la misión, regresaba a España cuando un temporal en el estrecho lo hizo desaparecer. Puede que el barco tuviera un problema con los cañones que lo armaban que pudieron desestabilizar su desplazamiento. El caso es que los habitantes de Tánger fueron testigos de su desaparición tras el oleaje, espectáculo que se pudo divisar desde las ventanas de las casas. El naufragio se cobró la vida de sus 412 tripulantes, la dotación completa.
Crucero Reina Regente
   Díez de Tejada aprovecha el episodio para escribir una historia con los ingredientes del gusto de la época. Por un lado las referencias a Tánger, disimulado en la novela como Tancha, lo que le daba un complemento exotista al relato. Por otro, la situación melodramática de la joven casada sin amor con una aristócrata destinado en la ciudad. Con esos mimbres básicos, Díez de Tejada se atreve con un retrato de la sociedad europea en la capital diplomática del imperio marroquí. Muchos de los personajes son fáciles de identificar con personalidades españolas del Tánger de la época, a algunos les ha cambiado el nombre otros permanecen con el suyo propio como el padre Lerchundi o el doctor Cenarro.  Una sociedad burguesa de expatriados que gozaban de la buena situación en Marruecos. Reuniones mundanas con conversaciones insustanciales en las que pasaban el tiempo personajes de mayor o menor interés. La novela es el reflejo de esas veladas cuando, en una de ellas, asisten a la pérdida del barco. Después discurrirá por aires melodramáticos que llevan la vida y la muerte de patronos y criados.

   Con el estilo ampuloso que caracterizaba al autor cuando se paraba en descripciones, escribía:    Proyectándose confusamente sobre el fondo, de una cerrazón caótica, que lo envolvía, continuó avanzando el navío, perseguido por los canes aulladores de los vientos, penetrando un horizonte cárdeno resquebrajado por los dardos de fuego de la centella y ensordecido por el desgarrador alarido del trueno… La naturaleza entera protestaba contra aquella temeridad homicida; contra aquel alarde bárbaro de valor inútil; contra aquella locura imperdonable, ni disculpable, siquiera. Cuando los dioses hablan, los hombres deben enmudecer. ¡Ay, que aquel día nefasto, los hombres creyéronse dioses también, y también se rebelaron, y también fueron precipitados al abismo! ¡Perdóneos Dios, conductores de hombres, que ciegos o vesánicos despeñasteis vuestros rebaños por las quebradas del precipicio, hasta el fondo sin fondo de la sima insaciable…!

   Entre las historias enlazadas se puede ver una de las primeras referencias en la literatura española a la vida tangerina, un retrato incompleto y parcial pero seguramente ajustada de algunas actividades de la ciudad, ya habitada por una importante colonia extranjera. Como era habitual en la colección Los Contemporáneos, el relato se halla magnificamente ilustrado por Romero Calvet.

viernes, 12 de julio de 2013

NOVELAS DE LOS TERRITORIOS ESPAÑOLES DEL GOLFO DE GUINEA (7): BEATRIZ de MANUEL GARCÍA CUENCA

GARCÍA CUENCA, Manuel: Beatriz (Diputación Provincial. Albacete 2002. 277 páginas).
   Los libros editados por organismos oficiales suele ocurrir que no son distribuidos, que acaban en los almacenes y los lectores que tratan de conseguirlos se las ven y se las desean para atrapar un ejemplar. Es discutible que las diputaciones provinciales editen novelas. Pero si lo hacen, que las pongan en disposición de ser adquiridas.
   García Cuenca vivió en la Guinea española veinte años. Colaboró con algunos de los periódicos coloniales de la época: Ébano y Potopoto. Y, como es lógico, recordará esos años de adolescencia y juventud como una época maravillosa llena de recuerdos distintos a las otras personas de su generación que no salieron de la provincia castellana. En la novela Beatriz, se mezclan los sentimientos personales con la ficción. Es habitual en los escritores eventuales que nos regalan sus vivencias el mezclar la historia principal con muchos datos históricos, geográficos o antropológicos. Se convierte en casi un género: la novela-reportaje.

   El autor quiere resaltar el contraste entre el mundo de los indígenas y el de los blancos expatriados. No es una novela sobre la épica colonial. Trata de reflejar también las deficiencias de los colonos: Los españoles eran personas toscas y poco instruidas. Emigraron a Guinea antes de la Guerra Civil porque seguramente, la vida en sus respectivos pueblos sería muy difícil y la pobreza, evidente. Pero es de justicia reconocer que su diálogo, aunque limitado, tenía el contrapeso del corazón: lo que cuenta en la vida del trópico es un carácter resuelto y un corazón desprovisto de flaquezas (p.43). El protagonista blanco es un niño de doce años, de mirada ingenua y limpia, que va descubriendo el mundo de los africanos de San Carlos –hoy Luba-, al suroeste de la capital Malabo. Frente a él Beatriz, una joven combe de quince años. Y una sociedad de pescadores de la misma tribu, emigrados de las orillas del río Benito en la parte continental.
Vista de San Carlos, actual Luba
   Los jóvenes se hacen mayores y la vida les depara caminos distintos. La novela se centra más en las sensaciones íntimas que en la vida política o social. El descubrimiento del sexo y del amor, en un ambiente colonial donde el blanco necesitaba la compañía de la mujer negra con todo lo que llevaba de menosprecio o subordinación, la tragedia de los mulatos no reconocidos y la humillación de las miningas que actuaban de queridas de los funcionarios y finqueros sin acceder nunca al matrimonio ni a una posición social equivalente. En estas situaciones García Cuenca, que conocía perfectamente la vida de plantación, va desarrollando una historia apasionada. Como la historia principal no da para casi trescientas páginas, el autor completa la narración con una visión muy ecológica de la existencia en Fernando Poo y de la población indígena. Estas incursiones descriptivas rompen el hilo de la historia. En ese tipo de relatos melancólicos sobre la vida pasada e irrecuperable hay una cierta tendencia a rehabilitar el mito del buen salvaje, entendido como un canto a las excelencias de la vida tranquila tradicional de los pueblos africanos que fue interrumpida por la llegada de los europeos. Y una visión negativa de la sociedad europea en Santa Isabel (Malabo): … la ciudad de los almirantes, de la policía gubernativa, de la iglesia católica y de una sociedad blanca altiva y deshumanizada (p. 168).

   En general, la novela agrupa recuerdos y vivencias que aparecen desconectados, no guarda una línea argumental sólida. El hilo va y viene, se pierde y se retoma. Es, en resumen, aspectos de la vida de un colonial joven. Un modo de existencia desaparecido pero que sólo se recordará dentro de poco gracias a los testimonios como éste.

jueves, 11 de julio de 2013

ZAJARA de FEDERICO HUESCA

HUESCA, Federico: Zajara (Tipografía de los Huérfanos. Madrid 1889. 326 página y 1 hoja. Prólogo de Vicente Riva-Palacio).
   Tánger siempre fue una aspiración española. Pero era asimismo la llave sur del estrecho de Gibraltar que, tras la apertura del canal de Suez, tenía una importancia geopolítica enorme. Francia no deseaba que España poseyera las dos orillas, ni que Gran Bretaña tuviera Gibraltar al norte y Tánger al sur. Los británicos tampoco deseaban que Francia prolongara sus posesiones argelinas por la costa mediterránea de Marruecos. Al final, se llegó a una solución de compromiso, original atractiva, poco política, pero respetada. La zona de Tánger se convirtió en internacional con una administración plurinacional. Tánger había sido tradicionalmente la capital diplomática del reino de Marruecos que cerraba sus ciudades a los extranjeros. En la ciudad del norte se concentraban las embajadas, llamadas entonces legaciones. Entre el ambiente diplomático y el de ciudad internacional, Tánger acogió una sociedad variopinta y diversa que dio argumento a mucha sobras literarías y artísticas.

   Los españoles también miraron a Tánger para situar algunas novelas. Quizás la primera de ellas es Zajara de Federico Huesca. El autor fue un diplomático nacido en Madrid en 1841, trabajó en las embajadas de Florencia y Vaticano como agregado y en la de Tánger como cónsul. También estuvo como ministro plenipotenciario en El Cairo. Su actividad política se concretó en los cargos de gobernador civil de Almería y Lugo. La novela es un ejemplo de los libros que se hacía en aquella época: Buen papel, buena tipografía, excelentes ilustraciones que jalonan los capítulos, y una pobre calidad literaria.

   Los descubridores del oriente cercano que era Marruecos adolecieron de escasa imaginación y compusieron novelas tediosas. Se les ve ansiosos de intervenciones coloniales y desprecian a la sociedad marroquí a la que desean cambiar según el modelo europeo. En Zajara encontramos todos los tópicos de la literatura colonial al uso. Se concreta en el argumento principal del libro: Un español que se enamora de una mujer árabe, casada, y no para hasta conseguir raptarla con la ayuda de sus amigos. Este delito está, a la vista del novelista, perfectamente justificado por el maltrato intrínseco al árabe, la condición subordinada de la mujer en Marruecos y el desconocimiento del cristianismo. Hoy estas razones nos resultan indignas, pero entonces parecía calar en la mentalidad del lector medio. Huesca, en su dedicatoria al embajador mejicano y autor del prólogo el general Riva-Palacio, asegura que los hechos narrados son ciertos: una historia amorosa de la que fui testigo y cuyos personajes fueron para mí muy estimados.
   En Huesca está. Pues, la contradicción entre el europeo avanzado y noble y el moro atrasado y bárbaro. Al protagonista español lo describe así: Bajo la apariencia de frivolidad era Guillermo hombre de mucho juicio y reflexión, su sangre ligera, su sensibilidad exagerada, su apasionamiento por el ideal, le conducían como por la mano a la aventura de la mora que le abría un nuevo escenario, con una actriz y un drama desconocido y completamente nuevo para él (p. 23). Sin embargo, el marroquí le merecía esta opinión: Mohammed Dakaly como la mayoría de los moros tenía noble aspecto, y cierta altiva arrogancia que daba interés a su personalidad; sus labios gruesos, su color cetrino, la barba escasa y rizosa, hacían dudar de su pura estirpe y descendencia directa de los españoles, en lo que fundan su orgullo los verdaderos moros, que son los que monopolizan los altos destinos de la administración marroquí. No era menos mojigato e hipócrita que sus correligionarios, así que siempre que estaba en público pasaba las cuentas del rosario entre sus dedos más probablemente que recitando versículos del Corán, echándolas del tanto por ciento que le dejaría de beneficio algún negocio… Apóstata de su religión en cuanto convenía a su egoísmo, no copiaba de los cristianos, sin embargo, el trato respetuoso y la alta estima de que goza la mujer en nuestra sociedad, condenando a Zajara a vivir encerada en su casa rodeada de tristeza y melancolía, respirando solo una atmósfera de sensualismo, de que ella instintivamente protestaba (pp. 105-106).
Ilustración de la novela Zajara.

   Dejando aparte estas notas propias de la mentalidad de la época, al novela contiene también interesantes notas sobre la vida europea en la ciudad a finales del siglo XIX y, especialmente, de la vida diplomática. Quizás sea eso lo más interesante para el lector actual. Huesca es un hombre acostumbrado a usar la escritura para desarrollar su profesión y se nota soltura para expresar aunque no es un escritor de oficio. Pero Huesca no tiene la capacidad de penetración en los entresijos políticos y sociales que tenía, por ejemplo, Drummond Hay el ministro británico en Tánger a principios del XIX. Da la impresión de que Huesca, como tantos otros escritores españoles de temática africana, se conformaban con poco, con narrar algunas anécdotas más o menos adornadas. No eran escritores de gran autoexigencia y remataban con poca profundidad. Tal vez creían que la originalidad del ambiente nuevo y lo pintoresco de la sociedad árabe era suficiente para un lector poco pretencioso.

lunes, 8 de julio de 2013

HORAS EN EL SAHARA de RAFAEL DE GUZMÁN

GUZMAN, Rafael de: Horas en el Sahara. (Narraciones) (Instituto editorial Reus. Madrid 1953. 131 páginas).
    Una curiosidad es este libro de Guzmán, mitad ficción mitad recuerdos, en que desgrana episodios más o menos vividos por el autor en el Sahara español. Por su manera de escribir parece que se trataba de un funcionario que estuvo destinado en el territorio africano y que, con una gran carga de ironía, dibuja algunas de las dificultades y también de los atractivos de la vida alejada entre las arenas.


   El primer episodio es ya un resumen de lo distante, y no sólo geográficamente hablando, del lugar, en este caso relata la llegada de un funcionario a la posición de Güera –en el extremo sur del Sahara español, que acababa de ser ocupada:
…la inmensa mayoría de la gente no tenía ni idea de lo que era, ni donde estaba La Agüera. Unos la situaban en Soria, y se extrañaban muchísimo de que hubiesen ocupado una aldea de aquella provincia. Otros, la suponían cerca de Badajoz y, asimismo, no entendían aquello de la ocupación.
   A los quince días de ocurrido el hecho, nadie se acordaba ya de La Agüera. Bueno, nadie no, porque había algunas personas que no tenían más remedio que seguir ocupándose de tal poblado, encontrándose entre estas personas, los componentes de la escasa guarnición, las familias respectivas residentes en la península, y algunos funcionarios. Entre estos dos últimos grupos, la situación geográfica de la Güera, comenzó a concretarse (p.9).
Güera, abandonada, en la actualidad.

   Los relatos de Guzmán no son excelentes desde el punto de vista literario, son apuntes de un modo de vida. Pero reflejan muy bien el sentimiento de los españoles coloniales en su manera de ver la situación y en su manera de entender al “otro”, con toda la carga paternalista y a veces despectiva de las costumbres de las poblaciones autóctonas. Son un documento de una manera extinguida de vivir. Y tienen la importancia de que son de las pocas fuentes existentes sobre Güera.

jueves, 4 de julio de 2013

EL ÚLTIMO REY DEL SAHARA de GENÍS CARRASCO GÓMEZ

CARRASCO GÓMEZ, Genís: El último rey del Sahara (Letras Difusión. Sevilla 2010. 729 p).
   El autor es médico y ha publicado varios artículos y libros de medicina. Pero ahora se atreve con la novela y da a la luz el primero volumen de lo que promete ser una trilogía. Para ello nos traslada a Villacisneros en 1930. La fecha no está elegida al azar. Los territorios saharianos habían sido explorados por los españoles en la década de los 70 del siglo XIX, gracias a la acción de hombres como Bonelli, y en la década siguiente con Cervera, Quiroga y Rizzo. En su momento se comunicó la ocupación del protectorado de Río de Oro, como señalaba el Acta Final de la Conferencia de Berlín. Pero apenas se hizo nada, como muy propia del africanismo español. Una factoría y fuerte en Villa Cisneros era la única presencia española. Como los franceses trataban de ampliar sus posesiones argelinas y mauritanas, fue necesario llegar a un acuerdo, el Tratado de Paris de 1900, por el que españoles y franceses se repartieron territorios en disputa y así se fijaron los límites de España en el Sahara y Guinea. Tras el Tratado de instauración del Protectorado en Marruecos en 1912, se dio título legítimo a la posesión española en la franja sur (Tarfaya) y se pudo fundar el asentamiento de Cabo Juby que se llamaría después Villa Bens. 

   Los españoles sólo tenían presencia efectiva y permanente en estos dos puntos que garantizaban las pesquerías canarias. Sin embargo, era una necesidad ocupar todo el territorio adjudicado e imponer un orden europeo y una autoridad sobre la población, evitar el bandidismo y extender algunas mejoras en sanidad, transporte o educación. Ya en los años 30 del siglo XX se podía contar con el transporte aéreo que facilitaba mucho las cosas. Y es en esa década cuando comienzan las exploraciones y la fundación de nuevos asentamientos como Sidi Ifni, en Marruecos, o El Aaiún en el Sahara. Y de hizo de una manera pacífica, pactada con las tribus del lugar. Por eso en esta etapa se comienzan a publicar algunas monografías que trataban de dar a conocer el territorio. De esos años son, por ejemplo, Del Sahara español: Río de Oro (1935) de Aniceto Ramos Charco-Villaseñor –libro del que están tomadas las fotografías que reproducimos aquí-, Territorios del sur de Marruecos y Sahara Occidental (Meharas y rezzus) (1930) de E. González-Jiménez, El Sahara y Sur marroquí españoles (1931) de Vicente y José Guarner, El Sahara occidental (1932) de José Guillermo R. Sánchez, Villa-Cisneros (1933) de Andrés Coll, o Ifni Smara (1935) de José Antonio López Garro.






   Es cierto que este ambiente en aquella época está inédito en la novelística española y en esto consiste la primera nota original del libro. Fiel a su profesión, el autor coloca de protagonista a un médico militar que lleva la misión secreta de conseguir lo que su padre no pudo hacer y le encomendó post morten, hallar el tesoro perdido de un mítico rey del desierto. Pero el comienzo de thriller de la novela deja paso a decenas de páginas descriptivas de la vida en el Sahara español y sus problemas médicos. Se pierde el hilo de la intriga, la búsqueda del tesoro, los nazis que tratan de impedirlo y las muertes ocasionadas para desarrollar una amable posibilidad de lo que fue la existencia de un médico militar en la apartada y mal comunicada Villa Cisneros. La contraposición de los dos protagonistas, el médico Vidal y el coronel Cels, hace que el relato médico militar resulte ameno a pesar de la falta de acción. Los dos están inspirados remotamente, es confesión final del autor, en dos de las personalidades míticas de la exploración y dominio del Sahara español, el coronel Bens y el capitán De Oro Pulido. Bens es autor de un libro de memorias que sabe a poco porque deja la sensación de que no contó sino la parte menos sustancial de su estancia en el Sahara. Estas digresiones en la acción principal pueden hacer que el lector no aficionado  a lo puramente colonial desista. El novelista escribe cómo y lo que quiere, pero el lector también es soberano para continuar o no. A veces pienso que esta falta de estructura es un defecto de novelista bisoño, otras que es el resultado querido por el autor que no pretende hacer un best seller sino de contar honradamente lo que quiere contar. En todo caso, como ocurre habitualmente, el libro se carga de páginas.

   Tras 237 páginas de notas históricas, costumbres coloniales y el inevitable amor interracial, volvemos al asunto principal con una expedición al desierto. Por cierto, el asunto del amorío lo deja muy plano, con falta de erotismo o, al menos, de intensidad. La segunda parte gana en intriga, interés, acción y misterio. El autor sigue describiendo la situación sahariana en 1930 con maestría y conocimiento, pero ahora se muestra más novelista. No sólo conoce bien el escenario y la historia sino que es un experto en términos militares y, como es lógico, en medicina. Ignoro si es médico militar, pero lo parece. La novela discurre en los territorios concedidos a españa en el Tratado de Paris de 1900 pero que todavía no se habían ocupado, en gran parte por temor a la reacción indígena y en otra parte por el desinterés político que la acumulación de arena producía en los gobiernos madrileños. Las nuevas expediciones de los años 30 del siglo pasado trataron de solucionar estas negligencias. Para que la novela resulte más atractiva, se le añade una intriga de tesoro oculto, espías nazis, etc., que complica la acción con constantes novedades, en una técnica que recuerda a clásicos como Salgari. La acción se complica lo suficiente como mantener atento al lector. Y se resuelve con una buena dosis de imaginación que, en ocasiones, nos recuerda a aventureros como Indiana Jones.


   Aunque el autor escribe con soltura y facilita una lectura ágil si hay algunos pequeños errores. Al capitán Vidal en alguna ocasión lo llama Durán, un lapsus sin importancia. Algunas repeticiones de palabras en la misma frase o párrafo deslucen mínimamente una redacción eficaz.