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martes, 5 de diciembre de 2023

NOVELAS DE LOS TERRITORIOS ESPAÑOLES DEL GOLFO DE GUINEA (17): LA SELVA QUE SIEMPRE FUISTE de CARLOS EFE

 

EFE, Carlos: La selva que siempre fuiste (Verbum. Madrid 2023. 353 páginas).

 

            La literatura colonial, dejando aparte sus posibles valores literarios, tiene una importante función histórica que es la de dar a conocer la manera de vivir en los territorios ultramarinos, la organización informal de la sociedad y las relaciones sociales entre colonos y entre estos y los colonizados. Esta literatura, en forma de ficción, es muy escasa entre los españoles que habitaron Guinea. Solo se dio al final de la colonización y, en la mayoría de los casos, por personas que no eran coloniales sino visitantes ocasionales o por escritores (Liberata Masoliver o Corín Tellado), que nunca pisaron Guinea. Para tener un conocimiento más amplio, nos faltaría el testimonio literario de los nativos. Tampoco en la novela española hay muchos ejemplos. Posiblemente, al pasar los años y desaparecidos los coloniales, vaya a haber muchos más.



            Una notable excepción es esta novela: La selva que siempre fuiste. El autor firma como Carlos Efe, aunque bien pudiera ser un seudónimo. Curiosamente, la novela es autobiográfica en gran medida, el primer blanco nacido en Nsork. Es un emotivo y entretenido relato de la vida de un practicante que acude a Guinea, como otros muchos, movido por su noble afán de ganar algo más de dinero para sacar la familia adelante. Posiblemente no supiera nada de lugar antes de llegar. Y, casi toda seguridad porque el autor no entra en esos detalles, se había representado la colonia y su trabajo con mejores condiciones de vida. El caso es que no lo destinan a algunos de los dos grandes hospitales, sino que empieza en el pequeño y mal suministrado hospital de Kogo, donde tiene que sustituir al médico jefe, pasando por Mongomo, Nsork y Akurenam. Puestos sanitarios atendidos por practicantes, perdidos en la selva, sin casi población europea y con muchas incomodidades y dificultades de adaptación. Hospitales y viviendas de barro seco en las paredes, techo de nipa y suelo de tierra apisonada. En Akurenam, al fin, ven que las obras de un hospital y una vivienda de obra ya habían comenzado, pero se sentían aún más aislados por la falta de una carretera permanente. Treinta europeos vivían en la zona que dirigía un teniente de la Guardia Colonial y donde existía también una misión protestante con un matrimonio y tres religiosas canadienses.

            Lo que parecía que iba a ser una novela colonial de europeos en la que los personajes nativos fueran simples comparsas, se convierten un completo relato de la vida en los confines de la región y de la vida entrelazada de europeos y guineano. De su jerarquía social y diferenciación en la relación. Por su relación familiar, la novela es muy detallada en lo que se refiere a la asistencia médica y a la evolución de la mentalidad de los fang respecto a la medicina y a quienes estaban encargados de cuidarlos. Original porque no hay apenas testimonios de la vida en las pequeñas poblaciones nacidas tras la expansión de la Guardia Colonial, como Akureman, en las que la civilización occidental llegó lentamente transformando un modo de vida secular. Hay, como es lógico, un homenaje a las personas como el padre del autor que dejaron allí sus años de juventud. El autor tiene una visión singular del país: Aquel niño ntang, blanco, era guineano, nacido en Nsork. Con dieciocho meses de edad su familia lo trasladó a Akureman, en donde encadenó la mayor parte de sus recuerdos infantiles. Guinea no era su país de adopción: era su país sin más, su tierra, su patria si patria es la infancia como alguien dijo: o mejor, su “matria”, refiriéndose al lugar donde nació y al sentimiento que con él lo vincula… (página 89). Esa condición genera una manera distinta de ver las cosas del país.

            Esta intención narrativa de evocación hace que la novela no tenga una intriga definida. Es la sucesión de recuerdos que va formando la vida en los primeros años y en un ambiente distinto. No por ello deja de ser interesante, porque hay mucha originalidad en la existencia del niño colonial. De manera paralela a la familia del practicante Rubio, se va contando la vida de Mitogo Eyama, un niño al que llevan pronto al seminario de Banapá. Su rebeldía hacia el trabajo en las fincas de los padres claretianos lo lleva a participar en la huelga liderada por Atanasio Ndongo y Enrique Gori, a huir de la disciplina y volver a su aldea. El contraste entre ambas historias simboliza la vida guineana. Y no faltan las referencias a los misioneros que trataban de servir de enlace a las dos comunidades, a la vez que buscaban acabar con creencias mágicas y sustituirlas por las religiosas. Muchas veces no llegaban a entender el valor económico de instituciones como la poligamia, que la consideraban simple y llanamente como algo inmoral.

            Los desarrollos paralelos de indígenas y coloniales, cada grupo con sus cuitas internas y una relación entre ellos de jerarquía racial, expresan de manera muy clara el mundo de la colonia. En cierta manera es un ejemplo clásico de novela colonial, entendida como la escrita por uno de los colonos narrando la vida en el lugar. Pero, a diferencia de las que se escribieron en la época que estaban llenas de prejuicios sociales y políticos propios de la mentalidad, La selva que siempre fuiste ha superado estas limitaciones. Está escrita por un colonial, sí; pero que solo vivió allí de niño. Y tiene la perspectiva de alejamiento temporal y espacial. Es una novela escrita más de cincuenta años después de los hechos contados, con una manera de pensar distinta y con la ventaja de conocer los que ha ocurrido después. Esto la hace diferente. Y es, sin duda, una de las mejores novelas escritas sobre Guinea en la etapa colonial por su atención a todos los aspectos de la selva que se trataba de dominar. Una etapa en la que la influencia blanca había logrado influir en la idiosincrasia local, imponiendo algunos criterios científicos a la hora de tratar las enfermedades, metiendo a los nativos en el mundo del comercio, pero introduciendo la cultura que llevó a las élites a abrazar las ideas de independencia: la igualdad y el poder de decisión sobre los asuntos que les interesaban como pueblo. Un proceso que Carlos Efe narra muy bien. No faltan en este recorrido colonial algunos nombres de personas reales, los políticos, funcionarios y eclesiásticos que ocupaban los puestos directores. En la nómina de personajes de menos relevancia, en la de los protagonistas de las historias del libro, seguramente haya también algunas personas reales enmascaradas en nombres supuestos.

            No quiere el autor descuidar el otro aspecto singular de la novela colonial como es la narración del bosque, sus habitantes y sus circunstancias. Aprovecha para narrar sobre la secta bwetí, que en tiempos españoles fue muy perseguida por acusarla de canibalismo. No se ponen de acuerdo los que defienden que este existió en toda su crudeza y los que sostienen que solo comían muertos desenterrados en algunas circunstancias rituales. El autor da su versión, hay que leerla. Interesante la descripción del ritual de iniciación. Un tema muy poco tratado y que Efe quizás tomara de Veciana o Novoa.

            Por último, la novela discurre hacia la independencia con noticias de lo que pasó.

            Novela imprescindible en la literatura colonial española.

 

 

viernes, 7 de junio de 2013

EL NUEVO ORDEN Y EL ÁFRICA ESPAÑOLA

REBOLLO, Eladio Antonio: Estupendos misterios de la Guinea casi española. (Editorial A.E.L. Madrid s.a. 211 páginas).
VALDIVIA, Eduardo de: Un buen oficial. (Editorial Bergua. Madrid 1935. 240 páginas y 2 hojas).

   No sólo los escritores republicanos fueron críticos con la política colonial española. Como reacción a las posturas progresistas, hay algunas novelas donde igualmente se advierte contra los defectos de la colonización aunque propugnan soluciones distintas. Los autores de soluciones autoritarias, que entonces estaban en boga en Europa, pretenden que los males de las colonias españolas se debían a una clara falta de mando decidido que impusiera unas líneas seguras de actuación y castigara errores, negligencias y corrupciones. Los autores de una y otra línea ponen el objetivo en la corrupción y en la falta de decisión. Unos culpan a la política contraria y viceversa. En el fondo, la buena vida colonial estaba basada en gran parte en la ausencia de reglas estrictas y controles rigurosos que permitía la relajación en las costumbres y en la aplicación de las normas. Guinea estaba muy lejos, las comunicaciones eran difíciles y el número de autoridades y funcionarios insuficiente. Y existía, además, una franca camaradería entre colonos y funcionarios, iguales en su condición de compatriotas expatriados, que relajaba los rigores de la ley.
   Rebollo es un autor del que desconocemos casi todo. Posiblemente fuera un funcionario que estuvo destinado en Fernando Poo y que conocía la vida en la isla. O era un nostálgico de la Dictadura de Primo de Rivera o era un partidario acérrimo de una nueva dictadura. O las dos cosas.  A principio de los años 30 del pasado siglo publicó una curiosa novela llena de ironía y de humor ácido: Estupendos misterios de la Guinea casi española. Para novelar el desastre colonial se vale de un personaje arquetípico de los vicios que quiere mostrara, Miserando Pegiguera Pastizal, un inútil y miserable funcionario que, como castigo a su última falta, es enviado a Guinea. Hombre arribista, aprovecha el cambio de régimen y se hace incondicional del gobernador republicano que en la novela se llama don Gustoso de la Siesta y State Quito (es decir, Gustavo de Sostoa) sobre el que el autor carga con dureza poniéndolo a la cabeza de la gestión del desastre y de la llegada de pistoleros, inútiles y delincuentes al gobierno colonial.  De la Siesta, hombre ajeno al mundo colonial, se abstrae en su residencia de Basilé y delega en el incompetente Pegiguera el gobierno. Dice el autor: La ley, está probado hasta la saciedad, es un instrumento agresivo cuando así conviene a los encargados de manejarla; no es nunca, en la práctica, un instrumento defensivo del individuo ni de la sociedad. Y el nuevo gobierno se empeña en la arbitrariedad porque las autoridades de Madrid no tienen ningún interés en Guinea, ni saben de la colonia ni de sus posibilidades y creen que la falta de noticias es ausencia de problemas.
   El mismo sentido satírico y mordaz es usado por Eduardo de Valdivia para hablar de Marruecos. Valdivia seguramente fue un militar que estuvo destinado en el Protectorado y reflexiona sobre sus condiciones y la política africana en su novela, publicada en 1935, Un buen oficial. Si Rebollo parece un nostálgico de la Dictadura de Primo de Rivera, Valdivia es un acérrimo partidario de una solución militar a la crisis republicana. No lo esconde y en el prólogo escribe: Frente a la realidad española hay una rebeldía que clama en nosotros: “¡No se puede continuar así!” Pero nadie hace nada, y seguimos lo mismo siempre, porque no podemos seguir peor. Vemos cómo se arman los demás países, admiramos cómo fomentan sus valores y sus riquezas, oímos como bullen sus muchedumbres a un ideal: “¡la patria!”. Y nosotros, con una mayor capacidad embrionaria, nos resignamos con nuestra suerte, cual si perteneciéramos a una raza inferior. Esa es la verdad, y nadie la ignora.
   Los dos autores siguen una manera de narra muy similar. El objetivo político se impone al literario y son dos colecciones de sucesos esporádicos unidos por el personaje y la visión del autor. Rebollo es más sarcástico y Valdivia, dentro de lo que cabe, más reflexivo. En ambos hay importantes dosis de humor e ironía. Un buen oficial no es una novela de guerra, es más bien de vida en guarnición y maniobras. Pero esas situaciones sirven para criticar la falta de organización, la improvisación y la negligencia del ejército en Marruecos. Un ejército anclado en la comodidad y el inmovilismo: El ejército estaba en manos de estos hombres, imbuidos en viejos aforismos, sin la menor idea sobre las modernas orientaciones logísticas. Unos consideraban que toda la ciencia militar consistía en hacer los saludos con la mano en la debida posición; otros, en que el capote fuera abrochado hasta la barba, y no faltaba quien le daba importancia suma a que en las formaciones siguieran la misma inclinación los fusiles…  En la visión del autor está el cambio que vuelva al ejército en Marruecos a las normas de disciplina, honradez, trabajo y competencia.

  Se trata de dos curiosidades literarias con una intención regeneradora pero desde posturas proclives a la dictadura.