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viernes, 15 de noviembre de 2013

NOVELA FEMENINA Y ÁFRICA ESPAÑOLA

Hablar hoy de novelas femeninas es algo contrario a lo correcto, pero no sucedía así en la posguerra española. Entonces existían colecciones de literatura popular dedicadas a las lectoras (al igual que existían novelas para lectores como las del oeste). No necesariamente escritas por mujeres, pero dedicadas a ellas por su contenido específico que hay que situar en una época determinada, con una sociedad mojigata y una mujer que tenía un papel social determinado y subordinado: esposa y madre. Estas novelas aparecían semanalmente, se vendían en los kioskos o se cambiaban por otras nuevas más un suplemento en metálico. Su lista es interminable. Se caracterizaban por tener unas llamativas portadas con dibujos en color que atraían la curiosidad de las lectoras (no excluyo a algunos lectores), aunque el papel y la encuadernación eran malos. Algunos autores alcanzaron cierta fama, quizás la más conocida es Corín Tellado autora de una novela ambientada en Guinea . También en Guinea está ambientada -en Bata- la parte final de la novela Amor y sacrificio de Ortiz Valenzuela, un autor de novelas populares muy dado a situar sus acciones en escenarios exóticos. O autoras tan interesantes como Enriqueta O'Neill de Lamo que firmaba con el seudónimo de Regina Flavio y que es hermana de Carlota O'Neill que escribió un interesante libro de recuerdos personales sobre el inicio de la Guerra Civil en Maruecos.
   La temática es muy repetitiva y se centraba en las diversas posibilidades del amor. La protagonista femenina ora sufría ora triunfaba. Urdía sus artimañas para conquistar o era seducida, le esperaba el lujo o la vida normal. Con estos mimbres, los autores trataban de buscar originalidad incluyendo personajes o ambientaciones exóticas. Y para ello el mundo colonial servía de escenario perfecto. Podían aparecer espías y traidores, héroes militares, ricos herederos locales, funcionarios corruptos, sectas secretas, fanáticos religiosos…
   Voy a citar algunas, aunque esta lista no pretende ser exhaustiva, dedicadas a las colonias españolas en África. Hay otras muchas que se desarrollan en posesiones francesas o inglesas.

LÓPEZ SAINZ, María Celia: La canción del desierto (Editorial Barquín. Bilbao 1947. 162 páginas).


RIVAS, Josefina: Noches de Tánger (Editorial Bruguera. Colección Madreperla nº 20. Barcelona 1949. 159 páginas).

DURANGO, María Adela: Ojos verdes (Editorial Pueyo. Madrid 1943. 205 páginas).
                                         - La hija del coronel (Editorial Bruguera. Colección Alondra nº 324.          Barcelona 1959. 123 páginas).

ESTÉVEZ, María Paz: El convoy de la muerte (Editorial Pueyo. Madrid 1954. 135 páginas).

ORTIZ VALENZUELA, Francisco: Amor y sacrificio (Ediciones Pueyo. Madrid 1949. 175 páginas).

MARTEL, Carmen: ¡Demasiado tarde! (Editorial Pueyo. Madrid 1956. 142 páginas).
MÉNDEZ, Clotilde: La danzarina de Tánger. (Ed. Bruguera. Barcelona 1968. 126 páginas).
- ¡Alá lo ha querido! (Ed. Bruguera. Col. Rosaura nº 950. Barcelona 1968. 127                                     páginas).







FLAVIO, Regina: Alma de Marruecos (Ediciones Betis. Biblioteca Rocío serie bolsillo nº VI. Barcelona-Sevilla 1938. 128 páginas).


BLAY, Mercedes M.: Sucedió en Río de Oro (Ediciones Betis. Serie Trébol nº 121. barcelona 1955. 128 páginas).
BARCO, Gustavo del: Sahra (Ediciones Betis. Biblioteca Rocío nº LXXIV. Barcelona-Sevilla 1945. 80 páginas).

FARIÑAS, E. M.: Naufragio en la luna de miel ((Editorial Toray. Colección Azucena nº 123. Barcelona 1957. 117 páginas).

VILLARDEFRANCOS, Marisa: Alma (Ediciones GILSA. Biblioteca de Chicas nº 5. Madrid 1952. 136 páginas).
                                             - El sol nace de madrugada (Ediciones GILSA. Biblioteca de chicas nº 32. Madrid 1953. 171 páginas).



ROGER, Pedro: Hondo ruge el fuego (Ediciones Cid. Biblioteca de Chicas nº 421. Madrid 1964. 159 páginas).

MEDINA BOCOS, María de la Concepción: Zaida (Ediciones Cid. Biblioteca de Chicas nº 219. Madrid 1959. 157 páginas).

jueves, 4 de julio de 2013

EL ÚLTIMO REY DEL SAHARA de GENÍS CARRASCO GÓMEZ

CARRASCO GÓMEZ, Genís: El último rey del Sahara (Letras Difusión. Sevilla 2010. 729 p).
   El autor es médico y ha publicado varios artículos y libros de medicina. Pero ahora se atreve con la novela y da a la luz el primero volumen de lo que promete ser una trilogía. Para ello nos traslada a Villacisneros en 1930. La fecha no está elegida al azar. Los territorios saharianos habían sido explorados por los españoles en la década de los 70 del siglo XIX, gracias a la acción de hombres como Bonelli, y en la década siguiente con Cervera, Quiroga y Rizzo. En su momento se comunicó la ocupación del protectorado de Río de Oro, como señalaba el Acta Final de la Conferencia de Berlín. Pero apenas se hizo nada, como muy propia del africanismo español. Una factoría y fuerte en Villa Cisneros era la única presencia española. Como los franceses trataban de ampliar sus posesiones argelinas y mauritanas, fue necesario llegar a un acuerdo, el Tratado de Paris de 1900, por el que españoles y franceses se repartieron territorios en disputa y así se fijaron los límites de España en el Sahara y Guinea. Tras el Tratado de instauración del Protectorado en Marruecos en 1912, se dio título legítimo a la posesión española en la franja sur (Tarfaya) y se pudo fundar el asentamiento de Cabo Juby que se llamaría después Villa Bens. 

   Los españoles sólo tenían presencia efectiva y permanente en estos dos puntos que garantizaban las pesquerías canarias. Sin embargo, era una necesidad ocupar todo el territorio adjudicado e imponer un orden europeo y una autoridad sobre la población, evitar el bandidismo y extender algunas mejoras en sanidad, transporte o educación. Ya en los años 30 del siglo XX se podía contar con el transporte aéreo que facilitaba mucho las cosas. Y es en esa década cuando comienzan las exploraciones y la fundación de nuevos asentamientos como Sidi Ifni, en Marruecos, o El Aaiún en el Sahara. Y de hizo de una manera pacífica, pactada con las tribus del lugar. Por eso en esta etapa se comienzan a publicar algunas monografías que trataban de dar a conocer el territorio. De esos años son, por ejemplo, Del Sahara español: Río de Oro (1935) de Aniceto Ramos Charco-Villaseñor –libro del que están tomadas las fotografías que reproducimos aquí-, Territorios del sur de Marruecos y Sahara Occidental (Meharas y rezzus) (1930) de E. González-Jiménez, El Sahara y Sur marroquí españoles (1931) de Vicente y José Guarner, El Sahara occidental (1932) de José Guillermo R. Sánchez, Villa-Cisneros (1933) de Andrés Coll, o Ifni Smara (1935) de José Antonio López Garro.






   Es cierto que este ambiente en aquella época está inédito en la novelística española y en esto consiste la primera nota original del libro. Fiel a su profesión, el autor coloca de protagonista a un médico militar que lleva la misión secreta de conseguir lo que su padre no pudo hacer y le encomendó post morten, hallar el tesoro perdido de un mítico rey del desierto. Pero el comienzo de thriller de la novela deja paso a decenas de páginas descriptivas de la vida en el Sahara español y sus problemas médicos. Se pierde el hilo de la intriga, la búsqueda del tesoro, los nazis que tratan de impedirlo y las muertes ocasionadas para desarrollar una amable posibilidad de lo que fue la existencia de un médico militar en la apartada y mal comunicada Villa Cisneros. La contraposición de los dos protagonistas, el médico Vidal y el coronel Cels, hace que el relato médico militar resulte ameno a pesar de la falta de acción. Los dos están inspirados remotamente, es confesión final del autor, en dos de las personalidades míticas de la exploración y dominio del Sahara español, el coronel Bens y el capitán De Oro Pulido. Bens es autor de un libro de memorias que sabe a poco porque deja la sensación de que no contó sino la parte menos sustancial de su estancia en el Sahara. Estas digresiones en la acción principal pueden hacer que el lector no aficionado  a lo puramente colonial desista. El novelista escribe cómo y lo que quiere, pero el lector también es soberano para continuar o no. A veces pienso que esta falta de estructura es un defecto de novelista bisoño, otras que es el resultado querido por el autor que no pretende hacer un best seller sino de contar honradamente lo que quiere contar. En todo caso, como ocurre habitualmente, el libro se carga de páginas.

   Tras 237 páginas de notas históricas, costumbres coloniales y el inevitable amor interracial, volvemos al asunto principal con una expedición al desierto. Por cierto, el asunto del amorío lo deja muy plano, con falta de erotismo o, al menos, de intensidad. La segunda parte gana en intriga, interés, acción y misterio. El autor sigue describiendo la situación sahariana en 1930 con maestría y conocimiento, pero ahora se muestra más novelista. No sólo conoce bien el escenario y la historia sino que es un experto en términos militares y, como es lógico, en medicina. Ignoro si es médico militar, pero lo parece. La novela discurre en los territorios concedidos a españa en el Tratado de Paris de 1900 pero que todavía no se habían ocupado, en gran parte por temor a la reacción indígena y en otra parte por el desinterés político que la acumulación de arena producía en los gobiernos madrileños. Las nuevas expediciones de los años 30 del siglo pasado trataron de solucionar estas negligencias. Para que la novela resulte más atractiva, se le añade una intriga de tesoro oculto, espías nazis, etc., que complica la acción con constantes novedades, en una técnica que recuerda a clásicos como Salgari. La acción se complica lo suficiente como mantener atento al lector. Y se resuelve con una buena dosis de imaginación que, en ocasiones, nos recuerda a aventureros como Indiana Jones.


   Aunque el autor escribe con soltura y facilita una lectura ágil si hay algunos pequeños errores. Al capitán Vidal en alguna ocasión lo llama Durán, un lapsus sin importancia. Algunas repeticiones de palabras en la misma frase o párrafo deslucen mínimamente una redacción eficaz.