Mostrando entradas con la etiqueta Riera. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Riera. Mostrar todas las entradas

martes, 14 de enero de 2014

LA BATALLA DE CASTILLEJOS EN LA NOVELA

RODRÍGUEZ SOLÍS, E.: Batalla de Los Castillejos (Episodios de la Guerra de África) (Imprenta de “La última moda”. Colección Glorias de España nº 11. Madrid 1898. 32 páginas).
RIERA, Augusto: Castillejos (Colección La novela histórica nº 4. Publicaciones Iberia. Barcelona 1928. 134 páginas. Ilustraciones de R. Alcalá).
VALVERDE, Antonio: Los Castillejos (Editorial Aguilar. Colección El Globo de Colores. Madrid 1965. 86 páginas + 1 hoja. Ilustraciones de J. M. López Iglesias).

   La guerra contra el sultán que se desarrolló entre 1859 y 1860 fue muy literaria, aunque poco novelada. Aparecieron narraciones de la campaña de todos los tamaños, calidades y orientaciones. Se publicaron poemas y estrenaron obras de teatro o zarzuelas. Pero no es una campaña a la que se dedicaran novelas enteras. Hay, eso sí, fragmentos en las  obras de varios escritores desde Pérez Galdós a Luis Antonio de Vega. No obstante, hay algunos ejemplos.
   Dentro de la campaña, la batalla de Los Castillejos, al inicio, es un episodio brillante y un ejemplo de convertir un fracaso inicial en éxito. Castillejos era un pequeño aduar próximo a Ceuta, hoy la ciudad de Fnideq, donde desembocaba el llamado boquete de Anyera (desfiladero por donde confluían las tribus marroquíes). Los españoles iban demasiado confiados en su superioridad y se vieron sorprendidos por el empuje, fiereza y número del enemigo. Núñez de Arce escribía en su Recuerdos de la Guerra de África: La arremetida fue tan enérgica y vigorosa, que nuestras tropas se vieron obligadas a retirarse de casi todas sus posiciones. La morisma caía sobre nosotros con tanto estrépito y tanta furia, que ni a pedradas puedieron contener nuestras guerrillas su ímpetu siempre creciente. Empezaron a retroceder peligrosamente y el general Prim tuvo que arengar a las tropas de manera magistral, el llamado episodio de las mochilas porque corría riesgo de perderse la impedimenta del ejército español. Resultado de aquella iniciativa, y tras ponerse al frente de sus hombres, Prim consiguió una dura y trabajada victoria que fue la primera de una guerra triunfal. Prim, que ya era conde de Reus, fue recompensado con el marquesado de Los Castillejos.

   Pedro Antonio de Alarcón lo cuenta así en el capítulo XXI del Diario de un testigo de la Guerra de África:
“El conde de Reus ve ondear ante sus ojos la bandera de España, que conduce el abanderado de Córdoba... El semblante del general se ilumina con el fuego de una súbita inspiración... Lánzase sobre la bandera: cógela en sus manos; tremólala en torno suyo, como si quisiese identificarse con ella, y rigiendo su caballo hacia los marroquíes y volviendo la cabeza hacia los batallones que deja detrás, exclama con tremebundo acento:
-¡Soldados! Vosotros podéis abandonar esas mochilas, que son vuestras; pero no podéis abandonar esta bandera, que es de la patria. Yo voy a meterme con ella en las filas enemigas... ¿Permitiréis que el estandarte de España caiga en poder de los moros? ¿Dejaréis morir solo a vuestro general! ¡Soldados!... ¡Viva la Reina!
Dice, y da espuelas a su caballo. Y sin reparar en si va solo o le sigue su infantería, cierra contra las huestes contrarias, con la bandera amarilla y roja desplegada al viento, suspendiendo por un instante la furia de los marroquíes, que asombrados contemplan tan impertérrita figura...
Los batallones de Córdoba no han sido sordos a aquella voz irresistible. ¡Viva nuestro general!, gritan vigorosamente, y se abalanzan en pos suyo sobre los moros, y arrostran una muerte segura, y caen cadáveres sobre cadáveres, y siguen arremetiendo, y las bayonetas se cruzan con las gumías, y mézclase la sangre infiel con la cristiana, y la victoria ciérnese indecisa sobre los revueltos combatientes.
Las cornetas siguen tocando ataque; los marroquíes asordan el espacio con sus gritos; el arma blanca y la de fuego juegan indistintamente; el humo se hace tan denso, que no permite distinguir al amigo del adversario; ¡pero la bandera española reluce siempre sobre la tormenta, y siempre en manos de nuestro afortunado caudillo! ¡Afortunado, sí! ¡Las balas, que silban y cruzan a su alrededor, que siembran la muerte por todos lados, que hieren a sus ayudantes, que alcanzan a su caballo, respetan la vida de aquel soldado vestido de general, de aquel que es el alma de la lucha, de aquel que sobresale entre todos y ostenta en su mano nuestra adorada y venerable enseña! Diríase que está dotado de la virtud de Aquiles.
¡Horribles son las pérdidas de los moros en aquella hora! Los soldados del SEGUNDO CUERPO los persiguen, sedientos de venganza, y la sangre vertida en torno del general Prim es más que lavada por la que hacen derramar a los moros, en unión del regimiento de Córdoba, los batallones de Simancas, León, Arapiles y Saboya, a las órdenes del general Zabala.
Este esforzado y jamás vencido general había llegado con las dichas fuerzas, precisamente en el instante en que el conde de Reus echaba su vida en la balanza, a fin de inclinar la victoria al lado de nuestro pabellón. Desde las alturas de la derecha, por donde avanzaba al frente de sus tropas, vio el peligro y se dirigió a él. Mas para llegar a aquel punto érale forzoso atravesar una cañada interpuesta entre sus posiciones y las de Prim, y defendida de un modo formidable por una infinidad de moros, que enfilaban a lo largo de ella sus disparos... Intentar cruzarla era otra temeridad semejante a la que acababa de acometer el regimiento de Córdoba con éxito tan glorioso y memorable. No vacila, empero, el conde de Paredes; y sacrificando también a los bizarros jefes y oficiales que componen su cuartel general, pónese a la cabeza de aquellos heroicos batallones, que tanto se distinguieron el día 9 de noviembre en las alturas del Serrallo, y llega, a todo trance, a la codiciada posición.
Tan noble intrepidez no pudo menos de ser grande en resultados. Las tropas del general Zabala, firmes en aquel punto, bajo el fuego enemigo, impidieron que los moros se corriesen por la cañada y envolvieran al general Prim.
Pero aun faltaba uno de los episodios más notables de la batalla de hoy; episodio que me impresionó extraordinariamente, y que jamás olvidaré.
Después del heroico trance de la bandera y del ataque del regimiento de Córdoba, Vallejo y yo habíamos abandonado aquellas peligrosas alturas y bajado a la explanada que conduce al Morabito, siendo tan apretado el cordón de heridos que descendía por aquella senda, que nos vimos obligados a marchar fuera de camino, y por en medio de unos jarales recién quemados, a fin de no estorbar a los camilleros.
En tal instante arreció nuevamente la lucha allá en las alturas ocupadas por Prim y Zabala... Diríase que los moros se habían recobrado de su espanto y volvían a la carga por tercera vez... Descargas cerradas atronaban nuestros oídos; caballos corriendo a escape iban de uno a otro lado; los aullidos de los infleles apagaban los acentos de las cornetas; una confusión horrible reinaba otra vez en el lugar del combate...
Entonces oímos cerca de nosotros una voz que, con la violencia del trueno y con un poder magnético irresistible, se acercaba gritando:¡A ellos! ¡Terminemos de una vez! ¡A la bayoneta, soldados! ¡Viva la Reina!
Vuelvo la cabeza, y veo adelantarse un jinete a todo el correr de su caballo, con la espada desnuda, avanzando sobre la silla, inflamado, terrible como la desesperación que lo arrastraba...
Era el general en jefe: era O'Donnell.
¡Magnífico iba en aquel instante el conde de Lucena! Su elevada estatura, su porte militar, su misma categoría, todo le daba extraordinarias proporciones. Era la primera vez que veía yo aparecer al guerrero debajo del general en jefe, del presidente del Consejo de Ministros, del ministro de la guerra. ¡Su arrojo y decisión de aquel instante revelaban su anterior vida, justificaban su alta posición, recordaban al general del Ejército del Norte, al insurgente de Vicálvaro, al mantenedor del Trono en las calles de Madrid, al caudillo de tantas temerarias luchas, al que nació y morirá en la guerra, donde nacieron y murieron, o donde al presente viven, sus deudos y antepasados, sus hermanos y sus herederos, cuantos llevan su noble apellido!
Aquella resuelta actitud de O'Donnell ejerció en las tropas una fascinación indescriptible: los batallones de la Princesa, con el brigadier Hediger a su frente, marchaban en pos de él como arrebatados por un vértigo, aclamándolo y vitoreándolo, blandiendo sus armas con desusado brío, volando a la muerte como al festín de la inmortalidad.
¡Minutos después, aquella tromba incontrastable dominaba las alturas, y yo también, como absorbido por ella! ¡La curiosidad y el miedo me habían conducido otra vez a aquel paraje! ¡Conocedor ya del infierno en que había penetrado el general O'Donnell; habiendo visto llover allí las balas pocos momentos antes, acudía a saber si aquel era de nuevo el reino de la muerte!
Por fortuna, el conde de Reus salió al encuentro del general O'Donnell, y con tanto respeto como franqueza, le dijo estas hermosas palabras: Mi general, aquí mando yo. Este no es su puesto de usted. Su vida no le pertenece, y aquí la expondría sin necesidad. Todo está ya terminado.
En efecto, el estruendo y tumulto que se habían oído desde el valle fueron el último esfuerzo de los moros por recuperar las posiciones perdidas. Rechazados nuevamente por Zabala y por Prim, y amenazados por el general García, que reforzaba ya la derecha con los batallones de Chiclana y de Navarra, al mando del general D. Enrique O'Donnell, batíanse ya en retirada y muy débilmente; tanto, que nuestros soldados no los persiguieron, contentándose con permanecer firmes en las posiciones conquistadas, de las que nada había bastado a desposeerlos, y en las cuales dormirá esta noche el valeroso conde de Reus a la sombra de la bandera de Castilla”.

   En 1898, en una serie de cuadernillos de exaltación patriótica, apareció un primer relato dedicado a esta batalla. Lo firmaba Rodríguez Solís y estaba ilustrado por Ordóñez. Es una narración sencilla de los acontecimientos, marcada por la exaltación nacional y el orgullo del triunfo.
Ilustración de Ordóñez para Batalla de los Castillejos
   Augusto Riera era un escritor de oficio que tenía el olfato, y tal vez la necesidad, de encontrar temas gratos al público de su época. Lo mismo se atrevía con una novela que con una biografía, tradujo a escritores de varios países, o escribía grandes crónicas de las guerras que conoció y que solía vender por entregas. Entre ellas las dedicadas a las campañas marroquíes de 1909 y 1921. Más periodísticas que historiográficas, abundan en datos y hechos, en nombres y sucesos.  

   Se atrevió con la novela en una ocasión, la que abordamos: Castillejos. Posiblemente movido por su admiración a Prim (del que fue biógrafo) y a lo que aquel hombre hizo. La novela comienza con una larga trayectoria sobre la vida del general catalán, aprovechando un personaje de ficción que actuaba de secretario. Va circulando por las diferentes etapas españolas y americanas, con profusión de detalles sobre la política nacional. Y en la página 88, de las 134 del libro, nos lleva a Marruecos. El título lleva a engaño porque dedicar un solo capítulo a Los Castillejos es poco para nombrarla así. Es una novela entretenida pero poco original, no aporta nada nuevo.

Ilustración de Alcalá para el libro de Riera

   Valverde escribe un relato ameno, bien llevado y –como corresponde a la colección que lo acogía- espléndidamente editado e ilustrado. Se recrea en el ambiente madrileño de la época para encuadrar el momento de la campaña. Describe bien a los personajes reales y ficticios. Nos sitúa en los rincones madrileños con conocimiento. Y aunque se trata de un libro dedicado inicialmente al público más joven, puede leerlo un lector adulto sin que le aburran los recursos que los escritores utilizan para atraer a los adolescentes. La novela llega a Marruecos más o menos a mitad de su extensión. El autor bebe en las fuentes clásicas, ha leído a Galdós y se empapa en Alarcón (que aparece como personaje principal y de quién reproduce párrafos enteros). Un cuento largo de buena factura.
Ilustración de López Iglesias para Los Castillejos de Valverde

lunes, 29 de abril de 2013

CABO JUBY, SAHARA Y LA AERONÁUTICA EN LA NOVELA ESPAÑOLA (1)


La unión de estos dos elementos, Sahara y aviación, en la novela ha sido aprovechada en los últimos tiempos. Tendríamos que decir que no sólo el Sahara, sino los enclaves de Ifni y la franja sur del Protectorado. Eran territorios muy extensos, muy poco poblados y de difícil comunicación. La aparición de la aviación comercial primero, y desde 1909 la militar, supuso un gran avance para los habitantes de aquellas tierras que pudieron comunicarse y recibir bienes con más facilidad. Esto, y la llegada de los trasportes mecánicos, fue la puntilla para un modo de vida tradicional basado en el nomadeo y las caravanas. Al principio los españoles contaban con dos aeródromos: Villa Cisneros, en Río de Oro, y Cabo Juby, que luego se llamará Villa Bens y ahora Tarfaya. Más tarde se unirían otros como los de El Aaiún y Sidi Ifni y las pistas diseminadas por el desierto. Aunque se utilizaban aviones aptos para tomar tierra en cualquier terreno llano y firme. La aviación fue decisiva también en la guerra de 1956.
Breguet XIV
   Estos dos elementos recordarán siempre al mejor novelista aviador, Antoine de Saint-Exupéry, desaparecido durante la II Guerra Mundial a bordo de su aeronave, pionero de las grandes rutas comerciales y de los aviones correos. Estuvo algún tiempo en Cabo Juby, cuando trabajaba para Latécoère y esto lo refleja en dos de sus novelas Correo del sur (1928) y Tierra de hombres (1939). No hay que olvidar la novela de Joseph Kessel Ráfagas de arena (según la traducción de Buenaventura L. Vidal) o Viento de arena. El asunto también ha sido aprovechado por algunos de aquellos primeros pilotos. Por ejemplo, el capitán Núñez Maza que, acompañando a Burguete cuando éste fue nombrado jefe de la aviación de la zona, sufrieron una avería que les obligó a tomar tierra, fueron secuestrados por una de las tribus y tuvieron que ser rescatados mediante pago. Esas peripecias las narró en  Viento del Sahara. Diario de un aviador prisionero. (Zeus. Madrid 1930). Otro ejemplo notable es el de Ignacio Hidalgo de Cisneros que también dirigiría la aviación sahariana, y más tarde sería el jefe de la Aviación republicana en la Guerra Civil.  Publicó en 1970, en el exilio de Bucarest, Cambio de rumbo. Llegó a trabar amistad con Saint-Exupèry, con el que compartiría los largos y tediosos días de Cabo Juby. Decía: La vida en Cabo Juby era como para volverse neurasténico. El enemigo número uno era la arena. A pesar de todo lo escrito, de las películas y de lo que nos habían contado sobre el desierto, la realidad con que tropezamos fue peor que todo lo imaginado. El territorio era un gran cuartel porque apenas había población civil española. Era una sucesión de puesto, posiciones, cuarteles y patrullas militares. Destacaban La legión y dos unidades específicas de la zona: Tiradores de Ifni y Tropas Nómadas. Hay una película de 1952 titulada La llamada de África que es un canto a esas tropas. La dirigió César Fernández Ardavín, que también escribió el guión, y cuenta con unas bellas imágenes de Tarfaya, Tan Tan, Sidi Ifni, El Aaiún y los desiertos patrullados por los meharistas españoles y saharauis. A pesar de su intención propagandista, es una película llena de poesía.
 Fuerte de Cabo Juby

   Últimamente se han publicado en España tres novelas cuyo argumento gira en torno a estas materias:
MONTE, Baldo: Tarfaya. El correo aéreo de la ruta del viento. Gráficas Rogar. Madrid 2001. 278 páginas. Ilustrado con abundantes ilustraciones y fotografías pertenecientes a la colección de Manuel de Ugarte y Ríu.
GILARANZ, Miguel: Sáhara: la última misión. Una novela de pilotos, ONG’S y tropas españolas en el desierto. Éride ediciones. Madrid 2010. 184 páginas + 2 hojas.
RIERA, Elisabet: La línea del desierto. RBA. Barcelona 2011. 350 páginas.
   El autor de Tarfaya. El correo aéreo en la ruta del viento, disimulado en el seudónimo, es Baldomero Monterde que tuvo una larga experiencia de piloto militar y comercial. Su relato, que debe beber en el recuerdo de sus años de militar en la zona aunque lo sitúa en un tiempo anterior, nos sitúa en el ambiente hostil de Tarfaya donde las tropas nómadas españolas apenas podían abandonar el fuerte de Caboy Juby sin riesgo para sus vidas. El ambiente de hombres encerrados en los muros del fuerte, de las relaciones tirantes con los pilotos franceses y del siempre difícil contacto con los indígenas. En esto la novela ofrece un panorama que ayuda al lector africanista a situarse en el lugar y la época.  El argumento gira en torno a una operación de rescate de los tripulantes de un avión caído en el desierto, en 1928. Los militares españoles del fuerte deben ponerse de acuerdo con los aviadores franceses de Latécoère y algunos indígenas para llegar hasta los secuestrados. Detrás de esto hay una epopeya de los arriesgados pioneros del aire y de aparatos como el Breguet XIV, primario pero de muy buena adaptación al desierto. Es un entretenido relato sobre la conexión entre las Tropas Nómadas y los aviadores militares en las tareas de búsqueda. Un relato muy militar en el que la acción predomina sobre los aspectos psicológicos de los personajes. Pero desigual porque el autor no tiene la habilidad de conjugar la acción principal con las secundarias (anécdotas, historias, hechos humanitarios…) lo que le hace perder ritmo y tensión a la novela. El autor cae en algunos fallos normales en escritores eventuales, por ejemplo se detiene en explicar cosas que poco tienen que ver con los hechos (costumbres, datos botánicos, etc.) que el lector que lo precise puede encontrar en una enciclopedia. Como tampoco encaja en una novela unas páginas finales dedicadas a la historia de las posesiones españolas en el África occidental. Entiendo que Monte lo hace para facilitar al lector la lectura, pero lo hace en detrimento de la intriga. Por lo demás es un honesto ejercicio de aproximar al lector el origen de la aviación comercial sahariana y de los enclaves españoles en la zona.

Gilaranz, que es un hombre polifacético que lo mismo preside un partido verde que pilota aviones, une en esta novela dos pasiones: los aviones y el desierto. Más datos sobre él y su obra se pueden ver en su blog: http://mgilaranz.blogspot.com.es/
   Sahara: la última misión trenza dos historias distintas, que se suceden en tiempos distintos y que la imaginación del autor une al final en una trama que no voy a desvelar. Por un lado el sargento Merchán, de las Tropas Nómadas, deambula por el desierto en las rutinarias patrullas de control del territorio en el año 1974. Le acompañan soldados españoles y saharauis y van inspeccionando los pozos, los caminos, las caravanas… Controlan el estado del orden en la provincia y protegen a la población civil. Las Tropas Nómadas era una policía militarizada, las funciones militares estaban encomendadas fundamentalmente a La Legión. Eran hombres hechos al desierto, habituados a recorrerlo y adaptarse a lo que daba en cada misión. La unión de españoles e indígenas tenía sus reglas, trabajaban juntos pero mantenían cierta distancia en el trato. Las bases permanentes dieron lugar a las incipientes ciudades del territorio que convirtieron en sedentarios a los antiguos nómadas, en esta narración Daora. Por otro lado, Eliseo es un piloto aficionado que colabora en el tiempo actual con una ONG. Está encargado de llevar unas cajas de gafas usadas al Sahara y emprende un viaje en varias jornadas. No es un experto en el vuelo pero tiene un entusiasmo grande motivado también por la labor humanitaria que va a realizar. La soledad el piloto en el aire es, en cierta manera, similar a la soledad del hombre en el desierto. Esta parte gustará mucho a los aficionados a la aviación. Gilaranz es muy detallista tanto en los preparativos del vuelo de un ultraligero como en el aparejo de los camellos.

   La estructura del relato es sencilla hasta que las situaciones se complican por un ataque y un accidente. Es una prosa clara, sin artificios, de fácil lectura. Cuando aparecen las dificultades, la novela se convierte en un canto a la amistad, a la solidaridad y al esfuerzo del hombre en la naturaleza. Un elogio a los hombres de ideas claras y positivas y a los valores humanos. Por eso el lector termina con una sensación agradable. Desde la perspectiva colonial son interesantes las escenas de descripción de la vida en el desierto de las tropas españolas, tanto de las patrullas como de los puestos que jalonaban la colonia. Bien descritos los personajes, el material, el cuidado de los camellos, la dureza de la vida al sol… La intención del autor es centrarse en los caracteres humanos, no en la situación social o política del territorio. Y lo hace en un libro bien medido de páginas.
    Riera es una periodista que se atreve por primera vez con la novela. Es un libro ambicioso, no porque la autora intente una escritura vanguardista o renovadora sino por la penetración en los personajes. Su objeto es una indagación sobre la vida de unos de los pioneros de Latécoère en África, el capitán Joseph Roig, catalán francés al que le envuelve una aureola de intrépido en su misión y de misterio en su final. Fue el encargado de montar la línea de aviones correo entre parís y Dakar en un tiempo en que eso constituía un sueño lleno de problemas técnicos, administrativos y políticos. La autora concibe su libro en tres partes diferentes pero unidas por el hilo de la investigación que la protagonista realiza sobre el empleado de la empresa aérea. La primera parte es la búsqueda de las fuentes, la segunda la recreación de la aventura de Roig y la culmina con una visita a los escenarios para desentrañar el final. Tiene la habilidad de mantener la atención continua del lector mediante la técnica de ir presentando poco a poco las averiguaciones, y de componer la novela de manera que la búsqueda histórica y los acontecimiento de la protagonista actual encajen perfectamente y contribuyan a que el interés no decaiga. El lenguaje es claro, directo, en muchos casos periodístico como corresponde tanto a la profesión de la autora como a la de la protagonista. Además, para eliminar de la novela lo que perjudicaría la cadencia del relato, ha dejado los datos sobre el personaje, historia, bibliografía y fotos en una página web: http://www.lalineadeldesierto.com/

   Sus referencias al África española, sobre todo Cabo Juby y Villa Cisneros, son numerosas. La acción se desarrolla en los primeros años veinte del siglo pasado. Los dos enclaves son apenas un fuerte y poco más y la vida allí es dura y aburrida. Lo describe muy bien al recrear las memorias de Roig:   En la cantina del fuerte reinaba un silencio sórdido. Al entrar no se oía otra cosa que el repiqueteo de los dados en sus cubiletes y en las desvencijadas mesas donde se recostaban los soldados. Después de haber conocido al coronel Bens, me parecía imposible que esos hombres que se sentaban a las mesas de la cantina fueran sus tropas; más que hombres eran fantasmas. Quizás el coronel Ben ser el único de ellos que sabía por qué estaba allí. Los demás seguramente se lo preguntaban cien veces al día. Su misión, en realidad, era solo ésa: guardar el fuerte, estar ahí como prueba de que el fuerte pertenecía a España, porque así se había decretado y, sobre todo, porque al coronel Bens le daba la gana. No había súbditos a los que gobernar, no había ningún orden que mantener, ninguna sociedad o industria a la que proteger ni más territorio que conquistar porque, hacia el este, toda la tierra era arena.
   Tiene algún fallo histórico al confundir el Sahara español con la franja sur del protectorado. Es cierto que estuvieron unidos administrativamente algún tiempo bajo la denominación de África Occidental Española. Pero el resultado es un excelente relato, entretenido y conforme a lo que pasó.