martes, 13 de agosto de 2013

ANTONIO REAL Y REAL (MEDIA PESETA) de AURELIO BAIG BAÑOS

BAIG BAÑOS, Aurelio: Antonio Real y Real (Media peseta). Héroe fabulosos de la guerra de Melilla del año 1893 (Imprenta del Asilo de huérfanos del S. C. de Jesús. Madrid 1918. 96 páginas).
   La guerra de 1893 en Melilla se originó por la construcción de un fuerte en Sidi Guariach, lugar que los musulmanes consideraban sagrado por hallarse una mezquita y un cementerio. Este incidente religioso se aprovechó por las tribus fronterizas para plantear una nueva campaña contra los españoles que expandían su territorio en virtud de lo tratado en la paz de Wad Ras de 1860. La torpeza militar y política del general Margallo, entonces comandante de la plaza, hizo que se engrandecieran los incidentes llegando a la categoría de guerra. Esta situación pudo haber servido de aviso de lo que vendría posteriormente: La hostilidad de los rifeños hacia la acción española, la falta de espacio en Melilla para albergar tropas expedicionarias, el sistema injusto de reservistas españoles que obligaba a acudir a la guerra sólo a los de una provincia o región, algunas carencias de material y de mando…
Melilla. Fuerte de la Purísima Concepción (Sidi Guariach).
   Esta campaña fue muy seguida por la prensa. La explosión de enviados especiales de los distintos periódicos hizo que se siguiera a diario por los españoles, a pesar de la censura militar. El periodista sustituyó al entreguista de la guerra de 1860. Los diarios y revistas se habían desarrollado mucho en España y la prensa era, como es lógico, la encargada de informar. Llegaron a  Melilla plumillas muy conocidos como Boada (La Vanguardia de Barcelona), Hernández Mir (El Porvenir de Sevilla), Nocedal (El Siglo Futuro de Madrid), Mínguez y Rodrigo Soriano (El Liberal), Rancés (El Tiempo),  Gasset y Alhama (El Imparcial) Nouvilas y Muñoz Pérez (El Globo),  Aldodern (La Correspondencia de España) Morote (La Ilustración Ibérica), etc., etc.  Algunos publicaron luego libros en los que compilaban o mejoraban las crónicas de primera hora. A los que hay que añadir los análisis de otros especialistas. Esto ha facilitado mucho el conocimiento de los hechos y es un episodio relatado ampliamente. Así, la campaña se puede leer en obras como: El conflicto de Melilla y la cuestión hispano-marroquí (1893) de Odón de Buén, Melilla. Peligros. Desaciertos de España. Urgente necesidad de remediarlos. Manera de hacerlo. Nociones de política hispano-marroquí (1893) de Gonzalo de Reparaz, La cuestión de Marruecos (1893) de Hernández Villaescusa, La cuestión de Melilla (1894) de Rafael Torres Campos,  Farrucos y gallinas. Impresiones de un viaje a Melilla (1894) de Francisco Hernández Mir, La campaña de Melilla (1894) de Ramón García-Rodrigo Nocedal, ¡Al África, españoles! (1894) de Álvaro Carrillo, Melilla. Historia de la campaña de África en 1893-1894 de Adolfo Llanos Alcaraz, Allende el estrecho: Viajes por marruecos (1895) de José Boada y Romeu,  Moros y cristianos (1895) de Rodrigo Soriano, Crónica de la guerra del Rif (1895) de Rafael Guerrero,   Los sucesos de Melilla del capitán Martín, Sagasta, Melilla, Cuba  (1908) de Luis Morote hasta obras recientes como La guerra de Melilla en 1893 (2008) de Agustín Ramón Rodríguez González.


   Sin embargo, es una actuación que apenas se refleja en la ficción. Sólo podemos citar una novela, la que nos ocupa debida a Aurelio Baig Baños (1864-1935), un escritor conocido que tenía como especialidad Cervantes y el Quijote, pero que también cultivó otros géneros y fue traductor. La novela Antonio Real y Real (Media peseta) es el relato en primera persona de un sargento fanfarrón y valiente pero un delincuente pendenciero  que, entre otras cosas, estuvo en la guerra de Melilla. En un ambiente picaresco de bajos fondos, el protagonista narra su vida a una concurrencia tabernaria. Un hombre desafortunado que, para huir del hambre y la penuria de la vida barcelonesa, elige la milicia. El autor nos presenta la Melilla de burdeles y hampa, de negocios sucios y crimen. Entre la basura relucirá, cuando llegue la ocasión, el  heroísmo, desprendimiento y nobleza de carácter de los desheredados que pueblan los cuartes, entre ellos el protagonista. La ocasión es la guerra pero el novelista se olvida de ellas salvo la referencia en el título y algunas frases del texto. La vida prostibularia y tabernaria de Melilla no da detalles diferenciados y puede ser cualquier otra ciudad española. Lo mismo ocurre con las descripciones de los hechos delictivos y las acciones de los protagonistas. En definitiva, la guerra de 1893 sigue siendo un campo virgen para la novelística.

jueves, 8 de agosto de 2013

MOROS Y CRISTIANOS de PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN

DE ALARCÓN, Pedro Antonio: Moros y cristianos y Los ojos negros. Narraciones inverosímiles (Los Contemporáneos y Los Maestros nº 308. Madrid 20 de noviembre de 1914. 20 páginas. Ilustraciones de Juan Francés).
Pedro Antonio de Alarcón
   Pedro Antonio de Alarcón es conocido, en su faceta africanista, por una obra clave para comprender la guerra de 1859-1860, el Diario de un testigo de la guerra de África. Cuando en la España de la época se vivió el entusiasmo de la guerra contra el moro, Alarcón tuvo la idea aventurera (puede que también oportunista) de asistir a la misma en calidad de cronista. Se valió del apoyo del general Ros de Olano, que era uno de los jefes de la expedición y que escribía versos y novelas, para poder acompañar al ejército en campaña. Fue publicando unas entregas semanales que alcanzaron un éxito popular que ni el autor, ni el editor (Gaspar y Roig) pudieron imaginar. La obra dio mucho dinero a ambos y se reprodujo en incontables ediciones que se iniciaban con el prólogo del general Ros de Olano. Alarcón fundó además, en la imprenta de campaña, el primero diario marroquí: Diario de África. Cuyos ejemplares constituyen una de esas raras joyas bibliográficas que se buscan con desesperación y se sospecha que ya no existen.
Primera página de Diario de un testigo de la guerra de África.
   Pedro Antonio de Alarcón era ya un escritor popular y de éxito. Había nacido en Guadix en 1833 y moriría en Madrid en 1891. Como era práctica habitual entre los literatos del su generación,  se acercó al periodismo y la política desde una postura republicana y revolucionaria moderada. Novelista fecundo con títulos famosos como El clavo (1853), El escándalo (1875) o El niño de la Bola (1880) y otras que se repetían en ediciones y que, años más tarde, tuvieron versión cinematográfica.  También publicó libros de viajes y narraciones breves que reunió en Cuentos amatorios (1881), Historietas Nacionales (1881) y Narraciones inverosímiles (1882). Es un escritor entretenido que teje historias cuya intriga mantiene al lector en la tarea. Uno de los precursores del género fantástico. De peor factura es su teatro.

   A pesar de que su aventura africana le dio fama, dinero y experiencias, no volvió a tocar el argumento marroquí salvo en algunas referencias a lo largo de su extensa obra. Quizás la más importante es la novela breve Moros y cristianos, que se publicó originariamente en la década de los 80 del siglo XIX en sus Narraciones inverosímiles, pero que la colección Los Contemporáneos rescató en su nº 308 de 1914. Alarcón retrotrae la acción al pasado, como le gustaba, a 1821 en un pueblo alpujarreño donde todavía eran visibles las huellas del pasado morisco en sus casas y sus habitantes. Introduce, también como marca habitual del escritor, el elemento del misterio en forma de tesoro oculto. Con cierto costumbrismo y sentido del humor, describe a unos personajes bien definidos con muy pocas líneas como corresponde al estilo del autor.  Evidentemente son fechas anteriores al colonialismo español en África pero, sin querer desvelar la intriga, nos ofrece algunos detalles de Ceuta, Anyera y el camino a Tetuán que conocía por su estancia en aquellas tierras en 1859. Hay un lapso de cuarenta años, tal vez poco para notar diferencias dados el lugar y la época. Pocas líneas, en fin, sobre lo que un siglo después sería el Marruecos español.

   
 Ilustración de Juan Francés para Moros y Cristianos.

martes, 6 de agosto de 2013

CUANDO SE PERDIÓ EL "REGENTE" de VICENTE DÍEZ DE TEJADA

DÍEZ DE TEJADA, Vicente: Cuando se perdió el “Regente” (Los Contemporáneos nº 322. Madrid 26 de febrero de 1915. 20 páginas. Ilustraciones de Romero Calvet).
   Vicente Díez de Tejada fue un escritor popular a principios del siglo XX, habitual en las colecciones de novelas cortas y en las páginas de las revistas literarias como Blanco y Negro. Era telegrafista de profesión y escribía mientras esperaba los telegramas que se recibían o mandaban. Estuve destinado en Tánger antes de acabar en Barcelona. De esa residencia procede el libro Cosas de los moros (Barcelona 1906) y del gusto exotista sus traducciones de las obras de Pierre Loti. No sé si el autor vivió el episodio del Reina Regente o lo escuchó en Tánger, donde quedó grabado en la memoria colectiva de los habitantes de la ciudad.
 

  El crucero Reina Regente era un poderoso navío de la escuadra nacional botado en 1887.  En 1895 llevaba desde Cádiz a Tánger a la embajada que el sultán de Marruecos había enviado a Madrid para negociar un nuevo tratado de comercio tras los sucesos de Melilla de 1893. Una vez cumplida la misión, regresaba a España cuando un temporal en el estrecho lo hizo desaparecer. Puede que el barco tuviera un problema con los cañones que lo armaban que pudieron desestabilizar su desplazamiento. El caso es que los habitantes de Tánger fueron testigos de su desaparición tras el oleaje, espectáculo que se pudo divisar desde las ventanas de las casas. El naufragio se cobró la vida de sus 412 tripulantes, la dotación completa.
Crucero Reina Regente
   Díez de Tejada aprovecha el episodio para escribir una historia con los ingredientes del gusto de la época. Por un lado las referencias a Tánger, disimulado en la novela como Tancha, lo que le daba un complemento exotista al relato. Por otro, la situación melodramática de la joven casada sin amor con una aristócrata destinado en la ciudad. Con esos mimbres básicos, Díez de Tejada se atreve con un retrato de la sociedad europea en la capital diplomática del imperio marroquí. Muchos de los personajes son fáciles de identificar con personalidades españolas del Tánger de la época, a algunos les ha cambiado el nombre otros permanecen con el suyo propio como el padre Lerchundi o el doctor Cenarro.  Una sociedad burguesa de expatriados que gozaban de la buena situación en Marruecos. Reuniones mundanas con conversaciones insustanciales en las que pasaban el tiempo personajes de mayor o menor interés. La novela es el reflejo de esas veladas cuando, en una de ellas, asisten a la pérdida del barco. Después discurrirá por aires melodramáticos que llevan la vida y la muerte de patronos y criados.

   Con el estilo ampuloso que caracterizaba al autor cuando se paraba en descripciones, escribía:    Proyectándose confusamente sobre el fondo, de una cerrazón caótica, que lo envolvía, continuó avanzando el navío, perseguido por los canes aulladores de los vientos, penetrando un horizonte cárdeno resquebrajado por los dardos de fuego de la centella y ensordecido por el desgarrador alarido del trueno… La naturaleza entera protestaba contra aquella temeridad homicida; contra aquel alarde bárbaro de valor inútil; contra aquella locura imperdonable, ni disculpable, siquiera. Cuando los dioses hablan, los hombres deben enmudecer. ¡Ay, que aquel día nefasto, los hombres creyéronse dioses también, y también se rebelaron, y también fueron precipitados al abismo! ¡Perdóneos Dios, conductores de hombres, que ciegos o vesánicos despeñasteis vuestros rebaños por las quebradas del precipicio, hasta el fondo sin fondo de la sima insaciable…!

   Entre las historias enlazadas se puede ver una de las primeras referencias en la literatura española a la vida tangerina, un retrato incompleto y parcial pero seguramente ajustada de algunas actividades de la ciudad, ya habitada por una importante colonia extranjera. Como era habitual en la colección Los Contemporáneos, el relato se halla magnificamente ilustrado por Romero Calvet.

viernes, 12 de julio de 2013

NOVELAS DE LOS TERRITORIOS ESPAÑOLES DEL GOLFO DE GUINEA (7): BEATRIZ de MANUEL GARCÍA CUENCA

GARCÍA CUENCA, Manuel: Beatriz (Diputación Provincial. Albacete 2002. 277 páginas).
   Los libros editados por organismos oficiales suele ocurrir que no son distribuidos, que acaban en los almacenes y los lectores que tratan de conseguirlos se las ven y se las desean para atrapar un ejemplar. Es discutible que las diputaciones provinciales editen novelas. Pero si lo hacen, que las pongan en disposición de ser adquiridas.
   García Cuenca vivió en la Guinea española veinte años. Colaboró con algunos de los periódicos coloniales de la época: Ébano y Potopoto. Y, como es lógico, recordará esos años de adolescencia y juventud como una época maravillosa llena de recuerdos distintos a las otras personas de su generación que no salieron de la provincia castellana. En la novela Beatriz, se mezclan los sentimientos personales con la ficción. Es habitual en los escritores eventuales que nos regalan sus vivencias el mezclar la historia principal con muchos datos históricos, geográficos o antropológicos. Se convierte en casi un género: la novela-reportaje.

   El autor quiere resaltar el contraste entre el mundo de los indígenas y el de los blancos expatriados. No es una novela sobre la épica colonial. Trata de reflejar también las deficiencias de los colonos: Los españoles eran personas toscas y poco instruidas. Emigraron a Guinea antes de la Guerra Civil porque seguramente, la vida en sus respectivos pueblos sería muy difícil y la pobreza, evidente. Pero es de justicia reconocer que su diálogo, aunque limitado, tenía el contrapeso del corazón: lo que cuenta en la vida del trópico es un carácter resuelto y un corazón desprovisto de flaquezas (p.43). El protagonista blanco es un niño de doce años, de mirada ingenua y limpia, que va descubriendo el mundo de los africanos de San Carlos –hoy Luba-, al suroeste de la capital Malabo. Frente a él Beatriz, una joven combe de quince años. Y una sociedad de pescadores de la misma tribu, emigrados de las orillas del río Benito en la parte continental.
Vista de San Carlos, actual Luba
   Los jóvenes se hacen mayores y la vida les depara caminos distintos. La novela se centra más en las sensaciones íntimas que en la vida política o social. El descubrimiento del sexo y del amor, en un ambiente colonial donde el blanco necesitaba la compañía de la mujer negra con todo lo que llevaba de menosprecio o subordinación, la tragedia de los mulatos no reconocidos y la humillación de las miningas que actuaban de queridas de los funcionarios y finqueros sin acceder nunca al matrimonio ni a una posición social equivalente. En estas situaciones García Cuenca, que conocía perfectamente la vida de plantación, va desarrollando una historia apasionada. Como la historia principal no da para casi trescientas páginas, el autor completa la narración con una visión muy ecológica de la existencia en Fernando Poo y de la población indígena. Estas incursiones descriptivas rompen el hilo de la historia. En ese tipo de relatos melancólicos sobre la vida pasada e irrecuperable hay una cierta tendencia a rehabilitar el mito del buen salvaje, entendido como un canto a las excelencias de la vida tranquila tradicional de los pueblos africanos que fue interrumpida por la llegada de los europeos. Y una visión negativa de la sociedad europea en Santa Isabel (Malabo): … la ciudad de los almirantes, de la policía gubernativa, de la iglesia católica y de una sociedad blanca altiva y deshumanizada (p. 168).

   En general, la novela agrupa recuerdos y vivencias que aparecen desconectados, no guarda una línea argumental sólida. El hilo va y viene, se pierde y se retoma. Es, en resumen, aspectos de la vida de un colonial joven. Un modo de existencia desaparecido pero que sólo se recordará dentro de poco gracias a los testimonios como éste.

jueves, 11 de julio de 2013

ZAJARA de FEDERICO HUESCA

HUESCA, Federico: Zajara (Tipografía de los Huérfanos. Madrid 1889. 326 página y 1 hoja. Prólogo de Vicente Riva-Palacio).
   Tánger siempre fue una aspiración española. Pero era asimismo la llave sur del estrecho de Gibraltar que, tras la apertura del canal de Suez, tenía una importancia geopolítica enorme. Francia no deseaba que España poseyera las dos orillas, ni que Gran Bretaña tuviera Gibraltar al norte y Tánger al sur. Los británicos tampoco deseaban que Francia prolongara sus posesiones argelinas por la costa mediterránea de Marruecos. Al final, se llegó a una solución de compromiso, original atractiva, poco política, pero respetada. La zona de Tánger se convirtió en internacional con una administración plurinacional. Tánger había sido tradicionalmente la capital diplomática del reino de Marruecos que cerraba sus ciudades a los extranjeros. En la ciudad del norte se concentraban las embajadas, llamadas entonces legaciones. Entre el ambiente diplomático y el de ciudad internacional, Tánger acogió una sociedad variopinta y diversa que dio argumento a mucha sobras literarías y artísticas.

   Los españoles también miraron a Tánger para situar algunas novelas. Quizás la primera de ellas es Zajara de Federico Huesca. El autor fue un diplomático nacido en Madrid en 1841, trabajó en las embajadas de Florencia y Vaticano como agregado y en la de Tánger como cónsul. También estuvo como ministro plenipotenciario en El Cairo. Su actividad política se concretó en los cargos de gobernador civil de Almería y Lugo. La novela es un ejemplo de los libros que se hacía en aquella época: Buen papel, buena tipografía, excelentes ilustraciones que jalonan los capítulos, y una pobre calidad literaria.

   Los descubridores del oriente cercano que era Marruecos adolecieron de escasa imaginación y compusieron novelas tediosas. Se les ve ansiosos de intervenciones coloniales y desprecian a la sociedad marroquí a la que desean cambiar según el modelo europeo. En Zajara encontramos todos los tópicos de la literatura colonial al uso. Se concreta en el argumento principal del libro: Un español que se enamora de una mujer árabe, casada, y no para hasta conseguir raptarla con la ayuda de sus amigos. Este delito está, a la vista del novelista, perfectamente justificado por el maltrato intrínseco al árabe, la condición subordinada de la mujer en Marruecos y el desconocimiento del cristianismo. Hoy estas razones nos resultan indignas, pero entonces parecía calar en la mentalidad del lector medio. Huesca, en su dedicatoria al embajador mejicano y autor del prólogo el general Riva-Palacio, asegura que los hechos narrados son ciertos: una historia amorosa de la que fui testigo y cuyos personajes fueron para mí muy estimados.
   En Huesca está. Pues, la contradicción entre el europeo avanzado y noble y el moro atrasado y bárbaro. Al protagonista español lo describe así: Bajo la apariencia de frivolidad era Guillermo hombre de mucho juicio y reflexión, su sangre ligera, su sensibilidad exagerada, su apasionamiento por el ideal, le conducían como por la mano a la aventura de la mora que le abría un nuevo escenario, con una actriz y un drama desconocido y completamente nuevo para él (p. 23). Sin embargo, el marroquí le merecía esta opinión: Mohammed Dakaly como la mayoría de los moros tenía noble aspecto, y cierta altiva arrogancia que daba interés a su personalidad; sus labios gruesos, su color cetrino, la barba escasa y rizosa, hacían dudar de su pura estirpe y descendencia directa de los españoles, en lo que fundan su orgullo los verdaderos moros, que son los que monopolizan los altos destinos de la administración marroquí. No era menos mojigato e hipócrita que sus correligionarios, así que siempre que estaba en público pasaba las cuentas del rosario entre sus dedos más probablemente que recitando versículos del Corán, echándolas del tanto por ciento que le dejaría de beneficio algún negocio… Apóstata de su religión en cuanto convenía a su egoísmo, no copiaba de los cristianos, sin embargo, el trato respetuoso y la alta estima de que goza la mujer en nuestra sociedad, condenando a Zajara a vivir encerada en su casa rodeada de tristeza y melancolía, respirando solo una atmósfera de sensualismo, de que ella instintivamente protestaba (pp. 105-106).
Ilustración de la novela Zajara.

   Dejando aparte estas notas propias de la mentalidad de la época, al novela contiene también interesantes notas sobre la vida europea en la ciudad a finales del siglo XIX y, especialmente, de la vida diplomática. Quizás sea eso lo más interesante para el lector actual. Huesca es un hombre acostumbrado a usar la escritura para desarrollar su profesión y se nota soltura para expresar aunque no es un escritor de oficio. Pero Huesca no tiene la capacidad de penetración en los entresijos políticos y sociales que tenía, por ejemplo, Drummond Hay el ministro británico en Tánger a principios del XIX. Da la impresión de que Huesca, como tantos otros escritores españoles de temática africana, se conformaban con poco, con narrar algunas anécdotas más o menos adornadas. No eran escritores de gran autoexigencia y remataban con poca profundidad. Tal vez creían que la originalidad del ambiente nuevo y lo pintoresco de la sociedad árabe era suficiente para un lector poco pretencioso.

lunes, 8 de julio de 2013

HORAS EN EL SAHARA de RAFAEL DE GUZMÁN

GUZMAN, Rafael de: Horas en el Sahara. (Narraciones) (Instituto editorial Reus. Madrid 1953. 131 páginas).
    Una curiosidad es este libro de Guzmán, mitad ficción mitad recuerdos, en que desgrana episodios más o menos vividos por el autor en el Sahara español. Por su manera de escribir parece que se trataba de un funcionario que estuvo destinado en el territorio africano y que, con una gran carga de ironía, dibuja algunas de las dificultades y también de los atractivos de la vida alejada entre las arenas.


   El primer episodio es ya un resumen de lo distante, y no sólo geográficamente hablando, del lugar, en este caso relata la llegada de un funcionario a la posición de Güera –en el extremo sur del Sahara español, que acababa de ser ocupada:
…la inmensa mayoría de la gente no tenía ni idea de lo que era, ni donde estaba La Agüera. Unos la situaban en Soria, y se extrañaban muchísimo de que hubiesen ocupado una aldea de aquella provincia. Otros, la suponían cerca de Badajoz y, asimismo, no entendían aquello de la ocupación.
   A los quince días de ocurrido el hecho, nadie se acordaba ya de La Agüera. Bueno, nadie no, porque había algunas personas que no tenían más remedio que seguir ocupándose de tal poblado, encontrándose entre estas personas, los componentes de la escasa guarnición, las familias respectivas residentes en la península, y algunos funcionarios. Entre estos dos últimos grupos, la situación geográfica de la Güera, comenzó a concretarse (p.9).
Güera, abandonada, en la actualidad.

   Los relatos de Guzmán no son excelentes desde el punto de vista literario, son apuntes de un modo de vida. Pero reflejan muy bien el sentimiento de los españoles coloniales en su manera de ver la situación y en su manera de entender al “otro”, con toda la carga paternalista y a veces despectiva de las costumbres de las poblaciones autóctonas. Son un documento de una manera extinguida de vivir. Y tienen la importancia de que son de las pocas fuentes existentes sobre Güera.

jueves, 4 de julio de 2013

EL ÚLTIMO REY DEL SAHARA de GENÍS CARRASCO GÓMEZ

CARRASCO GÓMEZ, Genís: El último rey del Sahara (Letras Difusión. Sevilla 2010. 729 p).
   El autor es médico y ha publicado varios artículos y libros de medicina. Pero ahora se atreve con la novela y da a la luz el primero volumen de lo que promete ser una trilogía. Para ello nos traslada a Villacisneros en 1930. La fecha no está elegida al azar. Los territorios saharianos habían sido explorados por los españoles en la década de los 70 del siglo XIX, gracias a la acción de hombres como Bonelli, y en la década siguiente con Cervera, Quiroga y Rizzo. En su momento se comunicó la ocupación del protectorado de Río de Oro, como señalaba el Acta Final de la Conferencia de Berlín. Pero apenas se hizo nada, como muy propia del africanismo español. Una factoría y fuerte en Villa Cisneros era la única presencia española. Como los franceses trataban de ampliar sus posesiones argelinas y mauritanas, fue necesario llegar a un acuerdo, el Tratado de Paris de 1900, por el que españoles y franceses se repartieron territorios en disputa y así se fijaron los límites de España en el Sahara y Guinea. Tras el Tratado de instauración del Protectorado en Marruecos en 1912, se dio título legítimo a la posesión española en la franja sur (Tarfaya) y se pudo fundar el asentamiento de Cabo Juby que se llamaría después Villa Bens. 

   Los españoles sólo tenían presencia efectiva y permanente en estos dos puntos que garantizaban las pesquerías canarias. Sin embargo, era una necesidad ocupar todo el territorio adjudicado e imponer un orden europeo y una autoridad sobre la población, evitar el bandidismo y extender algunas mejoras en sanidad, transporte o educación. Ya en los años 30 del siglo XX se podía contar con el transporte aéreo que facilitaba mucho las cosas. Y es en esa década cuando comienzan las exploraciones y la fundación de nuevos asentamientos como Sidi Ifni, en Marruecos, o El Aaiún en el Sahara. Y de hizo de una manera pacífica, pactada con las tribus del lugar. Por eso en esta etapa se comienzan a publicar algunas monografías que trataban de dar a conocer el territorio. De esos años son, por ejemplo, Del Sahara español: Río de Oro (1935) de Aniceto Ramos Charco-Villaseñor –libro del que están tomadas las fotografías que reproducimos aquí-, Territorios del sur de Marruecos y Sahara Occidental (Meharas y rezzus) (1930) de E. González-Jiménez, El Sahara y Sur marroquí españoles (1931) de Vicente y José Guarner, El Sahara occidental (1932) de José Guillermo R. Sánchez, Villa-Cisneros (1933) de Andrés Coll, o Ifni Smara (1935) de José Antonio López Garro.






   Es cierto que este ambiente en aquella época está inédito en la novelística española y en esto consiste la primera nota original del libro. Fiel a su profesión, el autor coloca de protagonista a un médico militar que lleva la misión secreta de conseguir lo que su padre no pudo hacer y le encomendó post morten, hallar el tesoro perdido de un mítico rey del desierto. Pero el comienzo de thriller de la novela deja paso a decenas de páginas descriptivas de la vida en el Sahara español y sus problemas médicos. Se pierde el hilo de la intriga, la búsqueda del tesoro, los nazis que tratan de impedirlo y las muertes ocasionadas para desarrollar una amable posibilidad de lo que fue la existencia de un médico militar en la apartada y mal comunicada Villa Cisneros. La contraposición de los dos protagonistas, el médico Vidal y el coronel Cels, hace que el relato médico militar resulte ameno a pesar de la falta de acción. Los dos están inspirados remotamente, es confesión final del autor, en dos de las personalidades míticas de la exploración y dominio del Sahara español, el coronel Bens y el capitán De Oro Pulido. Bens es autor de un libro de memorias que sabe a poco porque deja la sensación de que no contó sino la parte menos sustancial de su estancia en el Sahara. Estas digresiones en la acción principal pueden hacer que el lector no aficionado  a lo puramente colonial desista. El novelista escribe cómo y lo que quiere, pero el lector también es soberano para continuar o no. A veces pienso que esta falta de estructura es un defecto de novelista bisoño, otras que es el resultado querido por el autor que no pretende hacer un best seller sino de contar honradamente lo que quiere contar. En todo caso, como ocurre habitualmente, el libro se carga de páginas.

   Tras 237 páginas de notas históricas, costumbres coloniales y el inevitable amor interracial, volvemos al asunto principal con una expedición al desierto. Por cierto, el asunto del amorío lo deja muy plano, con falta de erotismo o, al menos, de intensidad. La segunda parte gana en intriga, interés, acción y misterio. El autor sigue describiendo la situación sahariana en 1930 con maestría y conocimiento, pero ahora se muestra más novelista. No sólo conoce bien el escenario y la historia sino que es un experto en términos militares y, como es lógico, en medicina. Ignoro si es médico militar, pero lo parece. La novela discurre en los territorios concedidos a españa en el Tratado de Paris de 1900 pero que todavía no se habían ocupado, en gran parte por temor a la reacción indígena y en otra parte por el desinterés político que la acumulación de arena producía en los gobiernos madrileños. Las nuevas expediciones de los años 30 del siglo pasado trataron de solucionar estas negligencias. Para que la novela resulte más atractiva, se le añade una intriga de tesoro oculto, espías nazis, etc., que complica la acción con constantes novedades, en una técnica que recuerda a clásicos como Salgari. La acción se complica lo suficiente como mantener atento al lector. Y se resuelve con una buena dosis de imaginación que, en ocasiones, nos recuerda a aventureros como Indiana Jones.


   Aunque el autor escribe con soltura y facilita una lectura ágil si hay algunos pequeños errores. Al capitán Vidal en alguna ocasión lo llama Durán, un lapsus sin importancia. Algunas repeticiones de palabras en la misma frase o párrafo deslucen mínimamente una redacción eficaz.

viernes, 28 de junio de 2013

LAS PRIMERAS NOVELAS COLONIALES HISPANOAFRICANAS

MATA, Pedro: Los moros del Rif (Urbano Manini editores. Madrid 1856. 798 páginas y 1 hoja. Grabados de Cibera ; Ediciones Aurora. La Novela de Todos nº 1 y 2. Madrid 1934. 2 tomos).
CASTILLO, Rafael del: El honor de España. Episodios de la guerra de Marruecos (Imprenta de don Antonio Gracia y Organ. Madrid 1859.972 páginas y 2 hojas. Grabados de Paris).
CUBERO FIERRO, Antonio: La cruz y la media luna o La guerra de Marruecos (Imprenta de M. Minuesa. Madrid 186 519 páginas y 2 hojas).
REDONDO, Antonio: Rodrigo y Zelima o La toma de Tetuán (La Probidad. Cádiz 1862. 210 páginas).

   El origen de la novelística colonial española en África hay que situarlos en la guerra de 1859-60. Fue la primera aventura contemporánea de los españoles en Marruecos, salvo los numerosos incidentes fronterizos en Ceuta y Melilla. Fue un acontecimiento nacional que exaltó los ánimos patrios y llenó de ínfulas de gloria a los habitantes de la época. Sirvió también para unir a los españoles que salían de la guerra carlista. Y fue un episodio que tuvo mucha literatura. Innumerables son las historias de esta guerra, escritas algunas por personajes muy populares en la época como Pedro Antonio de Alarcón, Núñez de Arce, Emilio Castelar, Ibo Alfaro o Víctor Balaguer. También dio lugar a algunas novelas. Nos vamos a fijar en tres contemporáneas y una un poco anterior, de la Mata que sitúa los hechos en la isla de Alhucemas que siempre ha sido uno de los puntos avanzados de España en África. Que nadie busque en estos libros buena literatura sino más bien un tipo de escritura mediocre, debida a folletinetistas o entreguistas. Autores que iban desgranando semanalmente una historia larga, para poder sacar más beneficios, y que articulaban de tal modo que el lector se quedara con la intriga hasta la entrega o fascículo siguiente. Era el modo de escribir de Alejandro Dumas o de Eugenio Sue pero nuestros autores no tenían el talento de estos dos, ni dominaban la técnica, ni poseían la imaginación suficiente. No llegaban tampoco a la altura de Manuel Fernández y González, el mejor de los españoles dedicados al folletín. Aunque tratan de enlazar aventuras inverosímiles, situaciones de peligro extremo, traidores de la peor especie y protagonistas buenos y nobles, los libros que describimos aquí son, en general, aburridos y previsibles. Recogen los tópicos de la peor literatura colonial y muchas veces son más valiosos por las ilustraciones que por los textos. Estas novelas tienen, eso sí, la oportunidad de comenzar una temática nueva en la literatura española. Así sus autores tienen el don de la oportunidad, el olfato de encontrar un argumento original.
   Pedro Mata
   Pedro Mata inicia esta serie de literatura, este subgénero de novela colonial hispanoafricana con una novela que tituló Los moros del Riff o El prisionero de Alhucemas y que salió de la imprenta en una cuidada edición de Urbano Manini en 1856. Se haría una segunda edición en 1934, aunque no sé si fue una edición reducida o si no llegó a completarse la serie de tomos prevista. Quizás el nombre de Pedro Mata en literatura se asocia más a su nieto, autor célebre de novelas populares y galantes del primer tercio del siglo XX. Sin embargo, el abuelo fue un personaje mucho más interesante y complejo. Pedro Mata y Fontanet nació en Reus en 1811 y murió en Madrid en 1877. Desde muy joven tuvo ínfulas literarias y fundó periódicos y revistas. Pero su verdadera profesión fue la de médico, catedrático de Medicina Legal y uno de los padres de la medicina forense en españa. En esa materia es autor de varios libros importantes. También tuvo una actividad política reseñable que lo llevó desde el  exilio en Francia a las Cortes. Era de tendencia progresista y ocupó escaños de senador y diputado. También fue gobernador civil de Madrid. Su carrera literaria está influenciada por la corriente de novela histórica tan en boga en el momento. No hay que olvidar que también fue traductor de Walter Scott.  No es un gran escritor, ni tuvo el éxito que pretendió.

   












Ilustración de Cibera para el libro de Mata
   Mata sitúa la acción en la isla-presidio de Alhucemas y la desenvuelve en torno a una captura por parte de los piratas rifeños de un barco español y a sus tripulantes y pasaje. Aprovecha la historia para dar noticias sobre la vida de los moros fronterizos con el peñón español. Va  llenando las páginas, aprovechando la ingenuidad e ignorancia de los lectores sobre el asunto, con alambicadas situaciones llenas de absurdos y tópicos, el sentimiento de alteridad acentuado para diferenciar buenos y malos, la abnegada predisposición del militar español para atender a los desvalidos y -¡cómo no!- el enamoramiento de una mora, que es un lugar común en la literatura colonial.

   Rafael del Castillo es uno más de los novelistas mediocres del siglo XIX. Fue también periodista. Publicó con su nombre o con el seudónimo Álvaro Carrillo más de medio centenar de novelas (entre ellas la titulada ¡Al África, españoles! sobre la guerra de Melilla de 1893), además de estrenar dramas y hacer traducciones. Como ocurre con otros escritores similares, su vida personal es compleja y abarca varias facetas. Su actividad como comerciante tuvo éxito, políticamente fue un republicano convencido. Como escritor deja mucho que desear pero no se le pueden negar ciertas habilidades. Posiblemente escribiera como una manera más de ganar dinero, sin que esto esté en contradicción con la afición o vocación. La guerra de África fue un caladero para sus escritos. Publicó una historia de la misma, narrada en primera persona como si hubiera asistido junto a las tropas nacionales, muy en el estilo del Diario de un testigo de la guerra de África de Pedro Antonio de Alarcón. No sé si realmente fue a la guerra o se basó en los testimonios y crónicas de otros. En todo caso no es de las obras importantes para estudiar la campaña y está escrita de manera fácil, dedicada al mismo público de sus folletines. Su novela El honor de España es disparatada y un tanto aburrida. Ni siquiera tuvo una labor previa de documentación. Asumió todos los tópicos sobre el moro salvaje y el buen cristiano. Redactó un texto algo confuso y, cuando le pareció, abandonó el curso del relato para ponerse a contar la historia de la campaña o las negociaciones de paz como el capítulo XII que titula En el que el autor, para complacer a muchos de sus lectores, va a olvidarse de la novela en algunos capítulos para dedicarse exclusivamente a la guerra.
Portada de libro de Álvaro Carrillo (Rafael del Castillo)
Portada e ilustración de Paris para el libro de Del Castillo
   Cubero, Redondo y Del Castillo son intercambiables. Sus tramas son irreales, llenas de fantasías amorosas, aventuras inverosímiles y la reiteración de personajes, como el renegado, que favorecen la solución del enredo cuando al autor no le queda otro artificio. Han descubierto el oriente cercano a España como lugar salvaje: Marruecos es la única nación cercana a pueblos civilizados, donde se ven a todas horas escenas de violencia y barbarie, dignas de la edad media, escribía Cubero en la página 71 aunque su conocimiento del país se debiera a lecturas desordenadas y poco fiables.  Cubero y Del Castillo son entreguistas de oficio y llenan páginas como quien hace cestos. No es posible decir que la lectura actual sea entretenida o curiosa sino solo esfuerzo de investigadores y aficionados a la historia marroquí.


   Lo dicho de los anteriores se puede repetir de Redondo. Pero es mejor escritor que los anteriores, más ágil en el planteamiento y en las situaciones aunque ingenuo y previsible en el desenlace. Facilita la lectura acortando los interminables libros de los entreguistas. Es un autor que hoy resulta tan desconocido como olvidado salvo para la arqueología literaria.
Ilustración para el libro de Cubero

lunes, 24 de junio de 2013

LAS NOVELAS DE LOS REPUBLICANOS AFRICANISTAS

BAYO, Alberto: Juan de Juanes (Imprenta J. Prats. Barcelona 1926. 96 páginas. Ilustraciones de Luis Oller).
GALÁN, Fermín: La barbarie organizada (Ed. Castro. Madrid 1931.239 páginas y 8 hojas; Galland books. Madrid 2008. 190 páginas y 1 hoja).

   Existe la costumbre de presentar al militar africanista como bruto, juerguista, corrupto, incompetente y racista. Esa imagen peyorativa procede por una parte de las campañas que se desarrollaron en Marruecos contra los rifeños y, en gran parte, de la visión propagandista posterior a la Guerra Civil. Pero los militares no eran mejores ni peores que los otros grupos sociales en la España de la época. Por un lado, fueron a hacer la guerra porque era su oficio. No crearon las condiciones políticas que desembocaron en ella. Y hay que considerar, frente a las posturas de los miembros de las Juntas de Defensa, que donde tenían que estar los militares es en las guerras con prioridad a los cómodos destinos de las guarniciones provincianas. También entra dentro de la lógica militar que los que se jueguen la vida tengan recompensas, entre las que siempre han estado los ascensos. La guerra la hicieron mejor o peor dependiendo de su preparación y competencia, de la calidad de las tropas y del material de que disponían. Muchas veces los responsables políticos no prestaron la diligencia debida e la provisión de hombres y materia, otras –por supuesto- la falta de diligencia y la corrupción hay que achacarla a los mílites. Por otro lado, dentro del grupo de militares africanistas hubo ejemplos de personas avanzadas y de personas que se interesaron por las letras, las artes o la técnica. Y hubo muchos africanistas que, llegada la Guerra Civil, optaron por el bando republicano empezando por el general Rojo. Entre los republicanos que escribieron novelas sobre la guerra de Marruecos, nos vamos a fijar en dos.
   Alberto Bayo fue un personaje singular. Nación en la Cuba española en 1892 y volvió a España ingresando en la aviación militar hasta que fu expulsado por un duelo. De ahí pasó a La Legión combatiendo en Marruecos desde 1924 hasta 1927. Fue herido y fruto de esa experiencia fue el libro Dos años en Gomara (1928). Durante la Guerra Civil estuvo en el bando republicano, teniendo una actuación no muy brillante en Mallorca. Tras la contienda se exilia en México. Allí es reclutado por Fidel Castro para instruir a la guerrilla y estaba al mando de una de las cuatro columnas que tomó La Habana acabando con Batista. Desde 1911 publicó libros de variada temática y género. Evolucionó desde el militarismo patriótico hasta los escritos revolucionarios castistras. Murió como general cubano en 1971.
ALBERTO BAYO
   En 1926 publicó el libro Juan de Juanes que está compuesto por tres partes. La primera es una novela corta del mismo título, la segunda son tres poemas y la tercera una serie de retratos de legionarios. Toda la obra está impregnada de exaltación legionaria y no se diferencia en nada del espíritu de otros colegas que luego estuvieron en el bando opuesto. Por ejemplo, los tres poemas están dedicados a Millán Astray, acertado creador del espíritu legionario, orgullo del Ejército y legítima esperanza de nuestra España. Los había publicado antes en la Revista de tropas coloniales que dirigía Franco. El primero dice así:
Al ir a la guerra
Hay que combatir y mi bandera
Antes que rompa al día la mañana,
Se apresta sin oír toque de diana
A formar muy marcial y muy ligera.
Toma su formación a la carrera,
Pues marcha al fuego la Legión ufana,
 que nadie a formar presto al Tercio gana
cuando acude a la guerra aventurera.
Salgo con todos por demás contento,
Ya se acabó la paz del campamento,
ahora viene la clásica aventura
que emoción y color y lucha encierra
la guerra será cruel y será dura…
mas es bella, pardiez, ¡viva la guerra!
   Juan de Juanes es el relato típico de novela legionaria. La historia del valor temerario y del heroísmo anónimo en tiempos de guerra contra el moro. La Legión como redención y penitencia. Y el culto a los jefes, el ya citado Millán Astray o Franco, del que dice: existe una admiración, un cariño y un respeto por el teniente coronel Francisco Franco, tan extremados que bien pudiéramos decir que es idolatría (p. 11). Estos jóvenes guerreros sufriría, con el paso del tiempo, las consecuencias de la politización, la radicalización de las posturas debido a las circunstancias y, a la postre, la obligada toma de postura por uno de los dos bandos en lucha. Como el resto de los españoles asistió al fracaso de la convivencia y sufrió las consecuencias.  

    De parecida evolución es Fermín Galán. Militar africanista y hombre de acción, fue herido en la campaña rifeña. En 1934 le fue concedida la Cruz Laureada de san Fernando por una acción sucedida cuatro años antes; tras la Guerra Civil, se le retiró la condecoración. De su ingenuidad originaria, tras la experiencia bélica, pasó a un profundo sentimiento revolucionario y renovador. Había publicado en 1926 La nueva creación, mientras estaba en la prisión de Montjuich por participar en la sanjurjada. Todavía se veía en sus escritos un afán de soluciones políticas pero fuertemente impregnadas de militarismo. Tras ser indultado, volvió a la milicia. Duró poco en los cuarteles, ya que destinado en jaca participó en un golpe pro republicano junto al capitán García Hernández  en diciembre de 1930. Su acción constituyó un fracaso, en parte inexplicable. O sobrevaloró su fuerza –que era muy escasa- y se lanzó a la aventura o fue engañado o mal informado por sus compañeros de intriga. Fue fusilado en Huesca el 14 de diciembre de aquél año. Se convirtió en un protomártir de la República española y hombre mítico de la izquierda.
FERMÍN GALÁN

   De su etapa marroquí surge la novela. Es una novela sin corregir, mal  compuesta en su conjunto. Es lógico: La comenzó cuando era militar en campaña y recoge algunos de los tópicos de la novela legionaria pero la terminó en su celda en 1926 cuando ya había madurado sus ideas revolucionarias y se oponía a lo que antes fue su vida. No es una novela antibelicista como pueden serlo las de Sender o Barea sino una auténtica novela anticolonialista, al menos en sus páginas finales. Como la edición original es prácticamente inencontrable, acudimos a la publicada en 2008 por Galland books. Leemos: No puedo comprender la razón de nuestros actos. Encuentro en ella una contradicción que no sé explicarme. La civilización trata de traer sus progresos a este pueblo atrasado. Y los trae destruyendo, incendiando, haciendo derramar sangre por ambas partes. La acción civilizadora inicial consiste en destruir el pueblo cuyo nivel de vida se trata de elevar; y, a la vez, destrozarnos a nosotros mismos. Pero me explico, sin embargo, perfectamente la rebeldía, la oposición briosa que la civilización encuentra, para llevar a cabo la monstruosa generosidad de aniquilar al pueblo que trata de civilizar (p. 82).  No era posible civilizar en la barbarie y la colonización sólo tenía el objetivo de explotar. El libro va discurriendo desde la guerra al más profundo pesimismo y trasmite la decepción profunda de un hombre que creyó en una empresa y vio que sólo imperaba en ella la destrucción y la arbitrariedad del mando. O, al menos, eso es lo que pensaba y lo que plasmó. Tal vez le faltó tiempo o ganas de reescribirla o corregirla y presentar un texto que literariamente tuviera más valor. Galán no era un novelista, solo quiso contar de la manera más accesible posible su visión de un problema nacional. Y ese contenido, la novela como documento, es  su mayor valor.



viernes, 14 de junio de 2013

ACTUALIDAD DE LA GUERRA DE IFNI

HERNÁNDEZ SALGUERO, Félix Antolín: Boualam de Ifni. (Edición del autor. Impresores Lumer. Barcelona 2011. 262 páginas).
MORAGA, Ángel Luis: La mirada del chacal. (Editorial Círculo Rojo. Sevilla 2011. 629 páginas y 1 hoja).
HUERTAS, Rosa: Los héroes son mentira (Edelvives. Zaragoza 2013. 229 páginas y 1 hoja).
   Con la guerra de Ifni y Sahara ha pasado algo parecido a la independencia de Guinea; primero se censuró la información sobre el episodio (al menos parte de la información) y después cayó en el olvido de los españoles porque los temas de África dejaron de interesar y aquello era una anécdota recordada porque Carmen Sevilla y Gila fueron a animar las Navidades de los soldados españoles y por algunas escenas reales que se introdujeron en la película ¡Ahí va otro recluta!, dirigida por Ramón Fernández en 1960 y protagonizada por José Luis Ozores. Pero la cuestión no era simplemente pintoresca. La guerra de 1957-58 (oficialmente no fue nunca declarada) fue la última en que España participó y dejó más de trescientos muertos y quinientos heridos (, muchos de ellos soldados de reemplazo que no sabían dónde estaba Ifni, ni tenían preparación militar, ni siquiera medios suficientes para combatir en el territorio semidesértico.

   Un año después de la independencia de Marruecos se preparó un  ataque masivo contra las posiciones españolas en Ifni y Sahara. Oficialmente era un Ejército de Liberación (Yeicht Taharir) incontrolado el que organizó las acciones. Hoy no cabe duda de que el príncipe Hassan, luego rey, era el cerebro del golpe demostrando su inteligencia para las maniobras maquiavélicas y su sentido de la oportunidad. Para Marruecos la jugada era muy importante porque trataba de conseguir que el territorio de Ifni, la franja sur de Protectorado y, en menor medida, el Sahara española pasaran a soberanía marroquí. En segundo lugar, intentaba controlar a las tribus del sur que tradicionalmente estaban rebeldes al Majzen y lo hacía usando elementos proclives  organizados por el partido nacionalista Istiqlal. Y, en tercer lugar, es muy posible que Hassan tratara de anular la efectividad armada de tribus que habían luchado contra los franceses pero que no eran muy proclives a la nueva organización estatal, con ello se evitaba incluirlos en las Fuerzas Armadas Reales y los utilizaba para sus fines pudiendo dejarlos caer llegado el caso.  En noviembre de 1957 las bandas atacaron los puestos españoles –aislados y muy mal defendidos- de Ifni y los más alejados de la capital del Sahara. En la capital, Sidi Ifni, pudo haber una matanza sino llega a ser por una confidencia que puso a los españoles en alerta. Todos los puestos del interior de Ifni fueron tomados  por el enemigo o abandonados, limitándose la defensa a la ciudad. Las bandas rebeldes, como se denominaron en la época, tomaron prisioneros españoles civiles y militares que aparecerían después en territorio marroquí (no es casualidad). La guerra terminó cuando Francia y españa decidieron acciones conjuntas aéreas y terrestres y cuando Franco mandó la escuadra frente a Agadir. En el Sahara hubo alguna batalla sangrienta como la de Edchera y el abandono estratégico de posiciones que luego se recuperarían.
   Los ataques tuvieron sus consecuencias. La franja sur de Protectorado, zona de Tarfaya, fue retrocedida a Marruecos en 1958. Este territorio se adquirió en virtud del tratado del Protectorado de 1912 y jurídicamente no se podía mantener como parte del Sahara español. En el territorio de Ifni, tras la guerra se abandonaron todas las posiciones (llegando a volar las construcciones levantadas por España) y se mantuvo sólo la ciudad de Sidi Ifni un perímetro defensivo que no iba más allá de diez kilómetros de radio. Así hasta la cesión definitiva a Marruecos en 1969. Ifni era el territorio que correspondía a la antigua posición española de Santa Cruz de Mar Pequeña, aunque la ubicación exacta de ésta no ha podido determinarse nunca con certeza. El sultán marroquí la cedió a España en el tratado de Wad ras de 1860, pero no se ocupó hasta 1934, unas veces para evitar las protestas francesas o inglesas, otras por falta de acuerdo con el sultán sobre el lugar y otras más para evitar una posesión sin el acuerdo de los naturales. Era un territorio sin  ningún interés económico y, en último caso, sólo servía estratégicamente para la defensa de Canarias.
   La guerra ha sido estudiada últimamente con profusión y hay una abundante bibliografía: Ifni-Sahara. La guerra ignorada (1984) de Ramiro Santamaría, La última guerra de África (Campaña de Ifni-Sahara) (1985) de Rafael Casas de la Vega, La última guerra colonial de España. Ifni-Sahara (1957-1958) (1993) de José Ramón Diego Aguirre, Ifni y Sahara. Una encrucijada en la historia de España (2001) de Mariano Fernández-Aceytuno,  Ifni 1957-1958. La prensa y la guerra que nunca existió (2006) de Lorenzo M. Vidal Guardiola, Ifni. La guerra que silenció Franco (2006) de Gastón Segura Valero o Sahara.-Ifni. ¿Encrucijada o abandono? 1956-1963 (2010) de José Enrique Alonso del Barrio. Además hay más libros de recuerdos personales, de acciones determinadas o dedicados a cuerpos o unidades expedicionarias.
   El asunto ha interesado también a la novela. No sé si porque estamos asistiendo a un renacimiento del África española o porque los escritores tratan constantemente de buscar originalidad en los argumentos, tal vez porque se sacan a la luz las viejas historias familiares, o por otros motivos pero la guerra de 1957-58 está dando últimamente muchos relatos.
   Hernández Salguero aborda la guerra de Ifni desde tres perspectivas. Primera la de un guardia civil español y un policía indígena que se internan en territorio enemigo para conocer la suerte de los españoles que estaban en el puesto fronterizo de Tabelcut, entre los que había mujeres y niños. La segunda la de los soldados de reemplazo que hacían la mili en el territorio y se vieron protagonizando la guerra. Tercera, el punto de vista de dos miembros del Yeicht que atacaba a los españoles. Las tres historias enlazadas permiten al autor mantener la intriga sobre los hechos que, aunque el grueso de la historia sea reflejo de lo sucedido, interesa por los detalles añadidos y por la aventura imaginaria del guardia civil y su acompañante Boualam. El autor pretende relatar de la manera más objetiva posible. Esta ausencia de buenos y malos es una manera honesta de contar la historia pero impide la identificación del lector con el personaje. De hecho, cuando las novelas quieren ser un reflejo de lo sucedido pueden acabar siendo novelas para especialistas en el tema y eso resta lectores. Lo que explicfa que el autor haya tenido que editar su libro cuando hay editoriales que publican otros de menos calidad. Los diálogos entre el guardia civil y Boualam sobre los acontecimientos y las causas son muy interesantes para iniciados en la historia de Ifni y quizás demasiado específicos para el lector común. Las novelas suelen tener interrupciones en el ritmo, no es nada raro. El autor recobre el pulso del relato centrándose en la peripecia de los españoles y olvidándose de los nativos. Se va deslizando hacia la novela de aventuras bélicas cuando el asunto está perfectamente enmarcado en consideraciones históricas y políticas. Y muestra lla faceta absurda de una guerra con un ejército mal preparado y dotado cuando en españa mandaba un militar que llegó al poder tras una guerra. Además, ofrece un blog para los que quieran ampliar sus conocimientos sobre lo que ocurrió:  http://boualamdeifni.blogspot.com.es/. La novela mejora con el paso de las páginas hasta un final esperado pero lógico. Hay desigualdad entre unas escenas y otras, como si desaprovechara las posibilidades de algunas peripecias por las que pasa volando. A cambio, Hernández Salguero deja el libro en un número de páginas que no es excesivo.

   Ángel Luis Moraga es un maestro de Ciudad Real que acudió a los campos de refugiados saharauis en Argelia y se interesó por la historia y la cultura del este pueblo. Como en el pasado reciente su historia está unida a la de España, decidió novelar los hechos en una trilogía. La primera de las novelas, Salamo, en un intento de aproximación a los hechos y una explicación de la situación actual. La segunda, La mirada del chacal, es la que nos ocupa. El autor tiene una página en la que detalla sus vivencias y motivaciones: http://angeluismoraga.tugranodearena.es/.

   La mirada del chacal es otra visión de la guerra de Ifni. Una historia que se cuenta en varios tiempos, con continuas idas y venidas del presente al pasado en las que presenta a los distintos protagonistas. El escritor es muy minucioso en las descripciones y en los detalles. Se empeña en plasmar todo lo que puede, llenando páginas de hechos intrascendentes para la historia. Le da el mismo espacio a lo importante y a lo circunstancial y eso le lleva a extender la novela has más allá de las 600 páginas. Al lector le cuesta encontrar el hilo. En la portada se lee: Una novela sobre la guerra de Ifni que te transportará al corazón del Sahara, pero la historia de la guerra no empieza hasta pasadas quinientas páginas salvo pequeñas referencias. Hay mucha intrahistoria doméstica y mucho viaje turístico que, tal vez, si los hubiera comprimido la novela habría ganado en ritmo.  Utiliza la fórmula de familiar que se decide a indagar sobre la vida de un antepasado, en este caso nieta y abuelo, para reconstruir la memoria familiar silenciada y olvidada. Así descubrirá no sólo al pariente y los motivos de su forma de vida sino también a otras tierras y otros pueblos. Parece que no es una novela sobre la guerra de Ifni y que es sólo la excusa para que la joven y contemporánea protagonista se aproxime al pueblo saharaui y al conflicto actual, hasta que al final se decide a escribir la verdadera historia del abuelo desparecido. Es entonces cuando el libro se llena de intensidad. A la novela le sobran páginas y adjetivos. O, tal vez, el autor ha reunido en un solo libro materiales para dos o tres. Es, pues, un extensísimo relato intimista lleno de referencias históricas y de idas y venidas en el tiempo alrededor del Sahara e Ifni.


  Rosa Huertas es una profesora y escritora de novelas juveniles. Como otros autores, nos ofrece su página web para ampliar información y satisfacer la curiosidad: http://www.rosahuertas.com/. En su novela Los héroes son mentira se acerca a la guerra de Ifni con una técnica ya conocida: La investigación de la memoria familiar. La protagonista indaga sobre los hechos a través de los recuerdos de su padre, testigo de lo que ocurrió. Le ayuda su hijo, quizás como servidumbre al carácter juvenil del libro que, por otro lado, puede ser leído por un adulto sin que le pese. La historia es sencilla. Da la impresión que es la autora la que siente necesidad o interés por lo que ocurrió y su proceso de información lo convierte en relato. Incluso ofrece abiertamente sus fuentes de  información como la página El rincón de Ifni, que se ha convertido en esencial para los interesados en el antiguo territorio español: www.sidi-ifni.com. Este sentido del libro nos indica que el lector debe ser preferentemente un ignorante en el asunto porque a los conocedores les va a saber a poco. Con esta limitación, el libro cumple perfectamente su objetivo y llega bien al público destinatario. La novela está impregnada de antibelicismo, de antimilitarismo. Le da mucha importancia a lo absurdo de una guerra no declarada que no sirvió para nada. De ahí el título, como dice uno de los personajes: ¡Héroes! ¡Menuda mentira! Solo fuimos unos pobres desgraciados que luchamos para nada. ¿Servirán de algo todas estas muertes? (p. 161).