martes, 30 de abril de 2019

NOVELA EXOTISTA Y MARRUECOS (9): LA PARED DE TELA DE ARAÑA de TOMÁS BORRÁS.


BORRÁS, Tomás: La pared de tela de araña (Editorial Marineda. Madrid 1924. 305 páginas + 1 hoja; CIAP. Madrid 1931. 305 páginas; Editorial Bullón. Madrid 1963. 277 páginas + 2 hojas; Círculo de Lectores. Barcelona 1977. 218 páginas + 2 hojas.  Además se publicó en Las mejores novelas contemporáneas, tomo VI, 1920-1924 de Editorial Planeta en 1965 y en sus Obras selectas, tomo I, de la editorial AHR en 1974).


Tomás Borrás Bermejo (10 de febrero de 1891 – 27 de julio de 1976) fue un escritor conocido y un periodista que alcanzó éxito. Vocacional de la escritura, abandonó los estudios de Derecho y en 1911 ya colaboraba con el diario La Mañana. Fue fundador de La Tribuna y su firma era habitual en diarios como el ABC. Sobre 1928 empezó a posicionarse en una derecha radical, escribía en La Nación y, más tarde, pasó a ser militante de las JONS. Propagandista del franquismo y activista político. Famoso por haber creado unos documentos con los que justificar algunas acciones nacionales en Badajoz, falsificador eficaz que llegó a engañar a algunos historiadores.  Nunca dejó de escribir en los periódicos que era su verdadera pasión. Estuvo casado con la tonadillera La Goya.

   Fue autor de varias novelas como La mujer de sal (1925) o Checas de Madrid (1940), poesías, cuentos, obras de teatro. No fue muy prolífico pero sí que tuvo un estilo personal y una manera de narrar propia.
Tomás Borrás

   Su relación con Marruecos comenzó en 1920 como enviado del diario El Sol a la guerra. Le gustó el ambiente, la situación, la experiencia. Fundó El Eco de Chefchauen y llegó a dirigir el diario España de Tánger. Una biografía breve se puede consultar en http://dbe.rah.es/biografias/9011/tomas-borras-bermejo
   A Marruecos dedicó una de sus mejores obras, La pared de tela de araña (1924). A pesar de conocer el país y ser testigo de una guerra cruel, Borrás prefiere la imaginación para recrear un país entre la ficción y la realidad, un Marruecos auténtico e imaginado a la vez, un lugar exótico. En esa época, sin tanta imagen ni información como ahora, el lector podía ser engañado o, el menos, confundido en su ingenuo deseo de novedades.

   El esquema de este tipo de novela es sencillo y consiste en contraponer al europeo y al marroquí. El español que se ve sorprendido por la vida de los marroquíes como protagonista externo del relato.  Borrás divide la novela en tres partes. La primera, Tetuán, a los ojos de un español intrigado con la vida de su vecino, al que poco a poco va conociendo. El moro, abandonado por su mujer por tomar una segunda esposa más joven, queda atrapado en un hechizo: la pared de tela de araña. Y con esto va desarrollando el argumento de situaciones extrañas para el europeo, entre la magia y la credulidad inconcebible. Es minucioso en detalles de ritos y costumbres, seguramente tomadas de su experiencia marroquí, pero adornados hasta tocar la falsificación. Muy descriptivo, lento en el desarrollo de la acción que no deja de ser un cuento oriental. El amor imposible de culminar de un viejo por una joven casi niña que Borrás describe con artificios: Mas el don divino, el que promete el Enviado por la eternidad al buen creyente, el don del amor logrado y satisfecho, Abdala no le tenía. El fuego de su imaginación era como una brasa enterrada que no da ni humo. Su deseo, tan solo pensamiento (página 46 de la 1ª edición). Se recrea en las expresiones, en las palabras, en las descripciones largas. No escribe mal, pero es un estilo que se ha quedado antiguo para el lector actual. Pero Borrás trataba de transmitir un ambiente distinto, un modo de vida diferente, una sensación de diferencia para el lector español de entonces. Aunque la ficción envolviera el paisaje y el decorado y fuera todo irreal por efecto de la soberanía creadora. En eso estriba la esencia del exotismo. El autor enriquece el simple relato del amor incumplido con sortilegios, engaños, juegos y trampas. Un poco en la tradición de las mil y una noches, otro poco en el costumbrismo marroquí a la manera de ver de los españoles.

   En la segunda parte el protagonista español se traslada a Xauen siguiendo el rastro de la historia. Los primeros capítulos de esta parte son los más realistas, lo que el autor conoce como testigo presencial. La guerra en las cumbres peladas de las montañas, las escenas de combate, de posición de blocao; el sentir del soldado de reemplazo convertido a la fuerza en guerrero. Pero la novela pierde el hilo argumental y se convierte en un gran reportaje sobre la vida en la ciudad conquistada. Y lo hace al estilo de los escritores coloniales españoles de esa etapa, deteniéndose en tres o cuatro asuntos que les llamaban la atención. La situación de la mujer (focalizándolo en la joven esposa raptada), la vida religiosa musulmana con sus morabitos y tradiciones, los judíos relegados que conservaban el idioma castellano arcaico y cantaban romances de cuando estaban en España y la vida en campaña del soldado español idealizando el mando y la disciplina.
   En la tercera parte, que se desarrolla en Yebala, el autor vuelve sobre la historia principal. La joven esposa, divorciada ya del viejo incapaz, es raptada y llevada a las montañas. La llevan a algún lugar escondido para destinarla a bailarina. Es una prosa lenta, llena de detalles, barroca y poco efectiva. Comentarios para un lector de hace cien años, con pocos conocimientos de lo que se trataba y con menos distracciones que ahora para llenar el tiempo libre. La novela se alarga innecesariamente, pero Borrás escribía así: con mucha descripción y la acción justa para tener un argumento. Quiere mostrar el atraso local, el abuso, el delito impune. No solo muestra el exotismo del oriente vecino sino que establece una especie de moraleja en la que la justicia la llevaban los españoles, sentido último del mensaje colonial.



viernes, 5 de abril de 2019

LAS NOVELAS DE TÁNGER (15): TRAS ESA PÁLIDA MÁSCARA de ENRIQUE BLANQUE-BEL.


BLANQUE-BEL, Enrique: Tras esa pálida máscara (Tánger 1964. Editions Marocaines et Internationales. 207 páginas. Portada e ilustraciones de J. G. Mantel).
   Enrique Emilio Blanque Tripiana, que usaba el seudónimo de Blanque-Bel, nació en Serón (Almería) y vivió en Granada. Estudió en la Universidad de Sevilla y vivió en Marruecos ejerciendo de profesor en varios centros, entre ellos el Instituto Español de Tánger. Fue periodista y falleció en Marbella en 2007. Entre otros libros, fue autor de dos novelas sobre Tánger: Tras esa pálida máscara y Antes que el verano se cabe, de la que ya nos ocupamos: http://novela-colonial-hispanoafricana.blogspot.com/search/label/Blanque%20Bel


   Tras esa pálida máscara es una  novela de iniciación en la que se notan los defectos propios del escritor bisoño. Pero es una novela de escritor, bien narrada, con diálogos creíbles y personajes construidos. En toda ella hay un tono costumbrista y en la parte final añade una intriga que deja en el aire, en un final mal resuelto. Por lo demás es la comedia de la vida ordinaria de los profesores de un instituto de Tánger, ambiente que conocía bien y que, si el comentarista lo hubiera conocido también, quizás descubriera rasgos de personas que existieron. Hay un tono sarcástico, exagerado, que tiende a la caricatura porque el deseo crítico del autor es marcar algunos defectos propios de la época, del tipo de enseñanza y del nivel general en España.
Ilustración de Mantel
   Porque se trata de un relato sobre un Tánger vivido, frente a las sorprendentes historias del Tánger inventado. Aunque es el Tánger de los extranjeros, sin apenas participación de la población local. Por eso, a pesar de que se trata de un escenario marroquí -colonial- resulta todo muy similar al ambiente de un centro educativo de España en los años 60 del pasado siglo. Novela amena, de fácil lectura y reflejo de un aspecto más de la vida de la ciudad internacional.







lunes, 25 de marzo de 2019

NOVELAS DEL PROTECTORADO ESPAÑOL EN MARRUECOS (9): LUCHA DE AMORES de EL CAPITÁN EDOVITA


EL CAPITÁN EDOVITA: Lucha de amores (Ediciones Betis. Barcelona 1943. 262 páginas).



   No sé si Edovita es realmente el apellido del autor o si se trata de un pseudónimo. Lo que sí parece es que el autor fue un militar que vivió los hechos que narra o algunas situaciones muy similares. Lucha de amores tampoco es una novela que se desarrolle en Marruecos, sino en España durante la Guerra Civil. Pero tiene mucho que ver con los moros que combatieron en el bando franquista y, por ende, con el Protectorado español.  No se puede decir que sea una gran novela, le falta tensión y argumento para ser una novela de guerra y conflicto para ser una novela de amor. Es un relato de recuerdos, de emociones, de sentimiento bélico. En cierta manera, la novela es un homenaje a estos soldados encuadrados en Regulares. Hay varios ejemplos, no muchos. Sirena de pólvora (1941) de Luis Antonio de Vega o Ramadán de paz (1946) de Tomás García Figueras; también un relato breve del interventor militar Gabriel Castro titulado Marhabá, publicado en 1941 en Tetuán. O sea, autores del bando franquista que estaban relacionados con Marruecos. Con otra visión está la novela Moros, cristianos y Guerra Civil española (2018) de Manuel Navarro. Deduzco que Edovita también respondía a este perfil. Este cariño a los caídos, esta ansia de glorificarlos, hizo germinar en mí el deseo de la presente novela, que, aunque sencilla en la forma como mi pluma, fuera grande en el fondo, como el ideal… Veréis en él escenas verídicas de guerra… (página 8), confiesa en el prólogo. Desde el punto de vista de literatura colonial, es interesante indagar, aunque sea someramente, sobre el distinto plano de los personajes españoles y marroquíes aunque ambos fueran conmilitones del mismo bando.



   El tema ha sido tratado en la historiografía reciente de manera más científica. Algunos ejemplos: Los moros que trajo Franco (2002) de María Rosa de Madariaga, Marroquíes en la Guerra Civil española (2003) de José Antonio González Alcantud o Los moros de la Guerra Civil española (2004) de José Luis de Mesa. Tema también tratado en el documental Los perdedores de Driss Deiback.
   Es una novela de exaltación de la Guerra Civil desde el bando vencedor. Y respecto a esta posición, hay que destacar dos características:
1.        El autor, implicados directamente en los hechos, declaran gratitud a los moros de Franco. Los describen como valientes, austeros, buenos tiradores, fieles y obedientes en las acciones guerreras. Hay cierta camaradería y comparten los ratos de asueto durante la guerra. Es el relato contrario a la imagen del moro mercenario, asesino, violador y rapiñero.
2.        Que los combatientes moros en el bando franquista juega un papel subalterno que las novelas no disimulan. Toda la sociedad estaba clara y fuertemente estratificada y los regulares marroquíes observaban el papel que tenían asignado por sus jefes. Había camaradería, pero dentro de un orden.
   Una novela que entra en la categoría de curiosidad pero con un fondo ideológico muy característico de la época.



viernes, 8 de marzo de 2019

LAS NOVELAS DE MELILLA (7): EL ROSARIO DE MAHOMA de GERARDO MUÑOZ LORENTE.


MUÑOZ LORENTE, Gerardo: El rosario de Mahoma (Equipo Sirius. Madrid 2003. 449 páginas. Cubierta e ilustraciones de Manuel Calderón).

   En realidad, no es una novela colonial. Primero porque trata de Melilla, segundo porque los hechos se desarrollan en una época anterior a la intervención europea en África. Pero por la relación fronteriza previa a la colonización de Marruecos, por la especialidad estratégica de la plaza y por las relaciones entre pueblos, hay que hablar de ella en este blog.
   Que conste que me parece una buena novela y bien escrita. Pero es una no
vela minoritaria. El sitio de Melilla de diciembre de 1774 a marzo de 1775 es un hecho de por sí novelesco. Todos los sitios los son por la peculiar situación que viven las ciudades sitiadas. Éste, además, por la posición geográfica de la ciudad española. Fue una situación dura que se solventó favorablemente, pero con dificultad. Y fue recogido en diarios o libros como el que le dedicó Francisco de Miranda, testigo de los hechos, que luego sería uno de los padres de la independencia americana. Cuando se escribe una novela histórica hay que tener en cuenta varias consideraciones. Si se quiere ser muy fiel a los hechos reales, puede convertirse en una narración historiográfica. Entonces el autor puede optar por introducir elementos de ficción con personajes reales o no: pasiones, incertidumbres, traiciones, amores…. etc, que pudieron o no suceder pero que tratan de enganchar al lector en la trama. No le falta de esto a El rosario de Mahoma, aunque es una novela muy fiel con el relato cronológico de los sucesos.

   La novela es un detallado recorrido histórico por el sitio de la ciudad, muy descriptivo, muy fiel a pesar de que el argumento se adorne con las historias personales de los personajes que son inevitables en una novela. Muy minucioso como si fuera la novela de un historiador. Por esto, tal vez, no llegue a un público mayoritario.

   El autor, periodista alicantino, tiene una página web: http://www.gerardomunoz.com/


viernes, 22 de febrero de 2019

GUINEA Y LA NOVELA MISIONERA (2): OPERARIOS DE ÚLTIMA HORA de AUGUSTO OLANGUA.


OLANGUA, Augusto: Operarios de última hora (Coculsa. Madrid 1955. 161 páginas + 1 hoja).

   El padre Olangua fue un misionero claretiano que vivió algunos años de su vida en Guinea, donde fue profesor como atestigua una foto que he tomado del Fondo Claretiano. Como otros muchos misioneros, dedicó algún tiempo a la escritura con artículos sobre historia misional y con libros que tenían una intención apostólica entre los que se encuentran dos novelas publicadas en 1955 e íntimamente relacionadas con la Guinea entonces española: Operarios de última hora y Una cruz en la selva.

   Operarios de última hora es una floja novelita de historias familiares y de contraposición entre las carreras de dos sacerdotes, uno de los cuales elige las misiones en África. Olangua no da sitúa la acción en sitios conocidos, pero no cabe duda de que se trata de un misionero claretiano en Guinea Ecuatorial. No nombra ningún lugar, pero los detalles descubren el país que, por otra parte, era el que el autor conocía bien. Evidentemente, el padre Olangua no quería pasar a la historia de la novela sino escribir un relato que tuviera un valor de propaganda apostólica. Pero dudo de que lo consiguiera porque es una larga redacción de hechos sin transcendencia. Su escritura –como su vida- estaba destinada a ser como una de esas semillas que el viento traslada a sitios lejanos, donde, al fin, arraiga y produce nuevas semillas (página 73). La esencia de la misión. Los misioneros eran unos agentes muy especiales de la colonización. El Estado colonial dejaba en sus manos parcelas tan importantes como la educación. Estado e Iglesia compartían los mismos ideales colonizadores, no había contradicción. Y el misionero, con mejor o peor fortuna y talente según la persona, se empeñaba en predicar la religión y enseñar las primeras letras. El guineano animista podía aceptar sin contradicción los principios generales de los mandamientos católicos, pero era mucho más reacio a las normas de moral familiar o sexual que los misioneros trataban de implantar en la sociedad indígena aunque con paciencia.
El padre Olangua con sus alumnos en Guinea
   Está claro que fueron los primeros en abrir caminos en la selva, fundar misiones alejadas de las que surgirían poblados y en tener un contacto real con los pobladores. Por eso, en muchos escritos de los misioneros hay importantes noticias de la vida en Guinea en esos años. Notas etnográficas, sociológicas, etc. Aunque no es el caso de Olangua, que apenas describe situaciones. Las escenas europeas, de novela rosa, quitan protagonismo a las situaciones africanas del libro. Sí que habla del negro con ese cariño paternalista de quien los considera en una especie de infantilidad prorrogada. El misionero se arrogaba también una labor de convertirlos no solo en católicos sino en ciudadanos tal y como se entendía. Y escribía: El P. Fermín no se inmuta; está acostumbrado a tratar con negros y sabe muy bien que son muy buenos, muy serviciales, pero…negros (página 75). Estas líneas hoy no las hubiera escrito porque hay una apariencia de racismo aunque quizás haya más una señal de diferente grado de civilización que afectaba al sentido de la responsabilidad.
Dibujo de Ledesma para la portada de la Memoria de la Delegación de Asuntos Indígenas de 1954
   Inmediatamente después de Operarios de última hora, el padre Olangua publicó Una cruz en la selva. Novela de similares características, de iguales motivaciones y con la misma finalidad. Quizás más construida, con mayor intriga. Esta vez el autor la sitúa en el alto Níger y los protagonistas son exploradores ingleses o de otra nacionalidad, pero no españoles. Sin embargo, tal y como pasaba en un otra novela, el sustrato de conocimiento nos lleva a Guinea Ecuatorial en esos años.


viernes, 8 de febrero de 2019

NOVELAS DEL DESASTRE DE ANNUAL (22): LA RUTA de ARTURO BAREA.


BAREA, Arturo: La forja de un rebelde II: La ruta (Editorial Losada. Buenos Aires 1951. 248 páginas; Turner. Madrid 1984; Plaza y Janés. Barcelona 1986. 259 páginas; Biblioteca de El Mundo. Barcelona 2001; Debolsillo. Barcelona 2006. 344 páginas. Varias ediciones en cada editorial, a veces en colecciones diferentes y con distintas portadas.).




   Arturo Barea Ogazón  nació en Badajoz el  20 de septiembre de 1897. Quedó huérfano muy joven y se trasladó con su madre y hermanos a Madrid . Vivían en una buhardilla en Lavapiés. Unos tíos de Arturo le procuraron estudios en los Escolapios hasta los trece años en que se pudo a trabajar  de aprendiz en un comercio y en un banco. Llamado a filas en 1920, tuvo que ir a Marruecos como soldado de reemplazo, donde vivió la derrota de Annual. Allí ascendió a sargento (que entonces era clase de tropa) por su preparación: …era un sargento, es decir, una vértebra de la espina dorsal de cualquier ejército del mundo. La pared donde se estrellan los golpes de arriba –la oficialidad- y los de abajo –los soldados (página 13, siempre de la edición de Losada de 1951). Para un joven de pocos recursos, el sueldo y las corruptelas de sargento eran una buena paga que hacía atractivo el cargo. El trato que diera a los subordinados era una cuestión personal y derivaba de su formación intelectual y su sentido de la vida. Durante la República militó en la UGT y estuvo en el bando republicano realizando diversas misiones de carácter cultural y propagandístico. En 1938 se casó por segunda vez con la periodista austriaca Ilse Kulcsar, que sería la principal traductora de la versión inglesa de sus libros. Al finalizar la contienda se exilió a Inglaterra, donde consiguió la nacionalidad británica en 1948. Barea falleció en Faringdon, un pueblo del condado de Oxford, el 24 de diciembre de 1957. ​
   En Inglaterra comenzó a redactar unas memorias noveladas –La forja de un rebelde- en las que vislumbra su vida desde la distancia física y cronológica. Es un escritor claro, con un gran sentido social, que se ha desprendido de la radicalidad de la Guerra Civil pero sin renunciar a su modo de entender la literatura, es decir la denuncia de las situaciones injustas. La segunda parte de esas memorias –La ruta- tiene una mitad que se desarrolla en Marruecos, durante la guerra del Rif. Se publicó originalmente en inglés, en 1947.


   En Marruecos comprendió pronto la envergadura del desastre. Al ascender a sargento le mandan a una posición como encargado de unas obras y aprende que la corrupción está a la orden del día. Participó de ella en un sistema que favorecía el despilfarro y las ganancias ilícitas. Y con una filosofía que se reconoce hoy con la misma claridad que cuando la expresaba su personaje: …robar es quitar el dinero a alguien. Pero esto no es robar. ¿Quién es el Estado? Si robamos a alguien es al Estado, y bastante nos roba él a nosotros (p. 17).    Barea es sincero; aunque nunca sabremos lo que no contó. Relata el mecanismo de la trampa y su parte en ella. Empieza en junio de 1920, una época relativamente tranquila en la que las obras públicas gozaban de seguridad. Su narración es lenta, detallada, muy minuciosa en hechos, personajes y escenarios. Pero con una prosa y un ritmo que atrae al lector en la lectura y le conmina a seguir. Tiene alma de escritor, es observador y va a recordar los detalles de su vida militar para escribir estas memorias treinta años después. Los personajes están firmemente marcados y se hacen reales. Se puede considerar La forja de un rebelde como unas memorias o como una novela. Son las dos cosas pero la estructura que le da al relato, la abundancia de diálogos, la narración de los hechos permiten tratarla como novela autobiográfica. No son largas reflexiones sino que del repaso de su vida se comprende el pensamiento del autor.







   El aspecto que nos interesa, su vida militar en Marruecos, es clarificador. Es un hombre muy crítico. No nos presenta un Marruecos heroico o aventurero sino lugar de dolor y podredumbre: Durante los primeros veinticinco años de este siglo Marruecos no fue más que un campo de batalla, un burdel y una taberna inmensos (p 32). Es cierto que su visión está afectada por la derrota en la guerra civil y el exilio, pero su criterio literario es escribir para denunciar. Mostrar situaciones contrarias a su ideal. Con sinceridad: le repugnaba la corrupción pero participó de ella; no le gustaban los burdeles, pero los visitaba. Es un reformista que quiere que cambie la sociedad española de su época, su política, el sistema de gobierno. Todos los vicios patrios se recrudecían en Marruecos ante sus ojos,  los señala con ánimo de influir, de poder  marcar las cosas que debían cambiarse. Seguro que en Marruecos había gentes honradas, trabajadores normales y hasta héroes. Pero se centra en lo que estaba mal. Señala que el delito de uno puede afectar a todos: me puedo imaginar cuántos soldados han caído enfermos por no tener la manta que él había robado (p. 52). Pero hay un desánimo general, la impotencia frente a un sistema: Aquí o comes o te comen; no hay otra solución. Naturalmente ha habido gentes que han querido enderezar las cosas, pero todos han fracasado. Y lo peor es que si no robas, es lo mismo, te lo dan por hecho (p.52). No solo porque a su juicio el sistema estaba corrupto, sino porque los que más sufrían las carencias eran los soldados de reemplazo que procedían de las clases más bajas de la sociedad como el mismo Barea. Y lo cuenta con un ligero pesimismo.
   El escritor no era un guerrero ni le entusiasmaba la batalla. Por eso su relato se recrudece en los capítulos dedicados a la guerra. Se asombra ante personajes como Millán Astray y el modo de operar de la recién fundada Legión, el Tercio. No comparte el entusiasmo de conmilitones frente al enemigo, le repugna la violencia bélica que veía. Pero su contacto con la guerra, sargento de Ingenieros, era circunstancial. No había visto de cerca el horror del combate, solo cuando montaban un blocao o fortificaban alguna pequeña posición. Hasta que le tocó ir a Melilla tras la rota de Annual y, construyendo las defensas exteriores de la ciudad sitiada, comprendió lo que se estaba viviendo al ver los cadáveres insepultos, los muertos que aparecían por doquier y la desolación general. Escribía: Yo no puedo contar la historia de Melilla de julio de 1921. Estuve allí, pero no sé dónde; en alguna parte, en medio de tiros de fusil, cañonazos, rociadas de ametralladoras, sudando, gritando corriendo durmiendo sobre piedra o sobre arena, pero sobre todo vomitando sin cesar,  oliendo a cadáver, encontrando a cada nuevo paso un nuevo muerto, más horrible que todos los vistos hasta el momento antes (p. 90). Palabras clarificadoras sobre el estado emocional del soldado que llegó a recuperar el territorio perdido.
   Pero Barea se coloca en un plano distanciado de la realidad. Está en los hechos pero los describe como si no le afectaran. Está en la guerra pero no sufre el ardor guerrero ni asume su posición de soldado de una de las partes. Habla de la corrupción, de la que él participó, como si le fuera circunstancial, sin especial arrepentimiento. Era el sistema el que ponía a las personas en las situaciones sin que lo pudieran evitar, salvo los máximos responsables que, en vez de combatirlas, las impulsaban. No pone más énfasis en describir la guerra que la enfermedad –tifus-que padeció. También porque Barea sufrió más de tifus que de guerra. El que escribe es el escritor, no es el soldado.
   Sin duda es una de las novelas claves de la literatura de la guerra de Marruecos, a pesar de que solo le dedica algo más de cien páginas y que se limita a narrar algunos episodios de los que fue testigo y no la situación general. Pero los detalles están plasmados de tal manera que se puede comprender de manera amplia lo que podía estar pasando.
   En 1990 Mario Camus dirigió una serie para Televisión Española basada en la trilogía de Barea.




viernes, 18 de enero de 2019

LAS NOVELAS DE TÁNGER (14): ÚLTIMO VERANO EN TÁNGER y CUENTOS de JUAN VEGA MONTOYA


VEGA MONTOYA, Juan: Último verano en Tánger (Editorial Club Universitario. Alicante 1999. 257 páginas + 2 hojas).
-            Cuentos de Tánger (Les Editions du Paquebot. Paris-Murcia 2011. 127 páginas. Ilustraciones de Antonio Guerrero “Pinín”. Introducción de José Manuel Goñi Pérez. Prólogo de Sonia García Soubriet).

   El último verano en Tánger es un episodio del apéndice casi colonial de la ciudad, tras la independencia y mientras estuvo vigente el Estatuto Real hasta el verano de 1959. Fue un breve paréntesis en el que la ciudad conservó algunos privilegios fiscales y administrativos. Gran parte de la población europea permaneció en la ciudad y siguió viviendo con algunos de los privilegios de siempre. En este momento final de la situación, Vega sitúa a unos personajes que resumen todas las nostalgias alegres de un viejo tangerino. Escribe de un Tánger real, alejado de ese otro fantaseado que aparece en la decoración de muchas novelas actuales. Podrían ser las aventuras de un grupo de jóvenes en cualquier ciudad española si no fuera porque el ambiente distinto de la ciudad lo impregna todo, hasta lo más sencillo y cotidiano. No es una novela de argumento elaborado, no tiene mayor intriga que el recuerdo del escritor, pero en esos hechos habituales está la esencia de un modo de vivir.

   El argumento es sencillo como la personalidad de sus protagonistas. Un grupo de jóvenes tangerinos-españoles viven un verano de actividades corrientes, diversión, iniciación, apertura a la vida. Viven en un lugar idóneo para la libertad de la que carecerían en España, con una sociedad plural y rica en matices. Pero en el ambiente está el final de una época, de un modo de organización política y social que ya no se repetirá. El final de un modesto paraíso. Esto sirve para desgranar los recuerdos vividos y dar una visión del Tánger real de esta comunidad hispana expatriada. Las historias de los protagonistas se salpican con imágenes de lo que fue la ciudad internacional, escenas costumbristas, episodios singulares. Antonio Pau escribe en su libro Tánger entonces (Granada 2017) sobre quienes conocieron el Tánger internacional: hayamos tenido a lo largo de nuestras vidas la sensación de haber vivido en una ciudad irreal. Zoubeir Ben Bouchta ha escrito: “Tánger no es una ciudad sino un espíritu y ese espíritu de Tánger habita en mí; y por eso Tánger es mío, lo vivo segundo a segundo, momento a momento, día a día, mes a mes, año a año; y ese Tánger lo busco por todas partes entre lo irreal”… Pero aquella es una ciudad irrepetible, y los que la vivimos somos conscientes de pertenecer a una especie a extinguir, y quizás por eso todos tratamos de contar cómo fue y cuánta felicidad sentimos en ella (página 104).

   Después de habernos dejado un buen sabor de boca con la novela, Vega publicó una colección de cuentos en un libro muy cuidado con excelentes dibujos de otro tangerino, Pinín. Se publicó también una edición en francés.Volvemos al Tánger normal que es el Tánger vivido. El autor asistió a una cita con la memoria amable que es el poso que los hechos pasados dejan en el recuerdo de las personas y, en este caso, el recuerdo en la ciudad de la infancia y la adolescencia.  Vega nació en Utrera en 1932 pero llegó a Tánger con cuatro años, donde residió hasta 1973. Volvió veintidós años después y escribió: Volver a Tánger es para mí como un renacer, una peregrinación, una fuente de juventud. Allí me encuentro con los amigos que se han ido y a los que desgraciadamente ya no volveré a ver. Pero en mi vuelta al pasado, al torcer una esquina, a lo largo de un paseo o en la terraza de un café, los veo de nuevo, les abrazo y charlo con ellos. Nos contamos cosas. Por supuesto, cosas de Tánger… (Cuentos, páginas 119-120). Esa facilidad evocadora y transmisora del ambiente de una ciudad, hace que incluso los que no las vivimos sintamos nostalgia. Señala José Manuel Goñi, en el prólogo, que los cuentos son un juego con el tiempo y el sinsabor de la pérdida del “locus mater”.
   Efectivamente es un repaso al territorio de la infancia, a la época feliz de la vida, al paraíso perdido que se tocaba con las manos. Once cuentos dedicados a once personajes que, seguramente, los tangerinos de cierta edad podrán reconocer en alguno o algunos de los que vivieron la ciudad internacional y su epílogo marcado por el Estatuto Real. Once historias de todas las clases que, en su unión, representan a la ciudad porque están representadas las clases sociales, las religiones y los modos de vida.
   





  Los Cuentos de Tánger están literariamente más elaborados que su primera novela y discurren, bien escritos, sobre la cotidianeidad de un tiempo pasado en la ciudad querida. Evidentemente, la literatura sobre Tánger colonial no puede prescindir de Juan Vega Montoya.
                                                              Boulevard Pasteur de Tánger

 Vega Montoya es también autor de una novela publicada originalmente en francés: Il était une fois Tánger (2012).

viernes, 28 de diciembre de 2018

VALDUEZA AYALA, Saturnino (NIDUEYA): Los tres caminos (Editora Marroquí. Larache 1949. 305 páginas).


   La novela Tres caminos es una simple curiosidad en la literatura colonial hispanoafricana. Su autor la firmó con seudónimo pero sin ocultar su verdadero nombre en la misma portada. Era un funcionario del Cuerpo General Administrativo de África que trabajó en Larache. Había sido voluntario en la División Azul. Y, tras la independencia de Marruecos, lo situamos en Santa Cruz de Tenerife trabajando en Radio Juventud.

   La novela es una muestra trágica del género rosa. Las relaciones de un oficial con tres mujeres marcadas por el sentido de responsabilidad  y la determinación rígida del destino que hoy son ideales o costumbres desaparecidas. Es una novela que se desarrolla en Larache y en el Rif, pero en la que no vemos literatura de contenido colonial. Es una novela íntima de poca trascendencia.
   El único interés para referenciarla aquí, es porque demuestra que en que en los primeros años de la posguerra española, las rancias relaciones de noviazgo y casamiento de los españoles se trasladaron sin  cambios a los españoles de Marruecos. Que los códigos morales y religiosos se reprodujeron sin variación. Y que en la literatura de estos autores aficionados de ideología franquista, se consideraban tabúes algunos comportamientos corrientes y generalizados como el uso de la prostitución con las naturales del país.
   Tres caminos que se explican en una frase: ¡Malditas seáis todas y maldito sea yo! Tres mujeres… ¡Tres caminos que únicamente han servido para conducirme a la desesperación, al remordimiento y al dolor…! (página 178), que resumen el argumento: la palabra dada como ley moral que había que cumplir (la promesa de matrimonio) por encima de la felicidad y el amor.

viernes, 14 de diciembre de 2018

CABO JUBY, SAHARA Y LA AERONÁUTICA EN LA NOVELA ESPAÑOLA (2): A CIELO ABIERTO de ANTONIO ITURBE


ITURBE, Antonio: A cielo abierto (Seix Barral. Barcelona 2017. 622 páginas).
   La larga novela de Iturbe, que fue merecedora del premio Biblioteca Breve 2017, tiene como argumento los orígenes de la aviación comercial y el papel de los primeros pilotos que con gran riesgo, una voluntad romántica y mucho esfuerzo fueron abriendo las rutas aéreas al correo y el comercio. El personaje clave es un hombre cuya vida resultó novelesca: el piloto y escritor Antoine de Saint-Exupéry. Pero no es el único. Junto a él aparecen las contingencias vitales de otros pioneros de la aviación alrededor de la compañía Latecoère que enlazaba Francia con África y América, como Didier Daurat, Henri Guillaumet o Jean Mermoz. Todos ellos reales, héroes de la aviación francesa que comenzaron dentro de la organización militar y alguno de ellos sucumbieron en la II Guerra Mundial, en el aire, dejando un aurea de leyenda que ahora aprovecha Iturbe para novelar, como un gran reportaje, estas historias.

   Los aviones necesitaban repostaje, paradas intermedias que venían obligadas también por tratarse de líneas de carga y de correo. Ello implicaba la necesidad de tener bases permanentes en tierra, algunas en territorio español. Por eso, esta novela tiene algunos capítulos que se desarrollan en Cabo Juby o Villa Cisneros. No es una novela sobre colonias españolas aunque tangencialmente aparezcan. Por tanto, no se pueden hacer muchos comentarios sobre la narrativa colonial, que es el objeto de este blog.
   Lo peor que les podía pasar a los aviadores es que una avería les obligara a tomar tierra en alguna parte del desierto alejada de las bases europeas. Significaba el secuestro para obtener un rescate o, en el peor de los casos, la muerte. En la literatura española hay varios casos narrados; ya lo comentamos en  https://www.blogger.com/blogger.g?blogID=6343002946348658841#editor/target=post;postID=2793920015755147848;onPublishedMenu=template;onClosedMenu=template;postNum=187;src=postname
Iturbe conoce estos pormenores, es una novela minuciosa en los detalles y a la que ha precedido una buena labor de documentación. Tal vez sea demasiado descriptiva y le falte algo de intriga en los hechos, pero se trata de una novela muy larga y no se podía detener en más argumentos.

   Cabo Juby era la Zona Sur de Protectorado de España en Marruecos, una franja limítrofe con el Sahara Español. Tenía un pequeño asentamiento con un fuerte y un aeródromo. Escasa actividad comercial, solo el intercambio o compraventa de productos con los autóctonos, una pesquería y poco más. Era una instalación militar estratégica entre Sidi Ifni y El Aaiún y frente a las islas Canarias. Esta posición se amplió llegando a ser una pequeña ciudad que los españoles la llamaron Villa Bens y hoy se llama Tarfaya:
   … la presencia española se limita a unos cuantos fuertes minúsculos desperdigados en miles de kilómetros de un desierto que les es ajeno. Al atardecer, se baja bandera, se cierran los portones de las fortificaciones y se abren las cantinas para que los soldados beban vino malo, jueguen al dominó o al guiñote y arreglen el mundo. Raramente pasean fuera del recinto en esa tierra que dicen española. Las tribus hostiles acechan, también las tormentas de arena y ese pedregal áspero que se abre ante ellos.  La región en que se hallan desde ahí hacia el sur, hasta cabo Blanco, es un área desértica que se empeñan en llamar Río de Oro con esa afición por lo grandilocuente de los españoles: allí ni hay río ni hay oro.
   Cabo Juby es un recodo entre dos desiertos, uno de secano y otro de agua. En ese filo de África las olas se desperezan en la orilla de una playa vacía de cinco mil kilómetros cuadrados. En medio de una soledad abofeteada por el viento se alza el acuartelamiento del ejército español que, visto desde el aire, parece una fortaleza. Mirando más cerca, no resulta tan imponente: los muros desconchados, las ventanas desportilladas, la corrosión pudriendo los remates de metal (página 216).
   Quizás Iturbe peque de la visión excesivamente negativa, por otro lado general, que los escritores españoles tienen sobre las posesiones africanas de España. El fuerte era un edificio que no estaba en tan mal estado y que cumplía sobradamente su misión. El autor entiende que Río de Oro era todo el Sahara español, cuando la mitad norte se llamaba Saquia el Hamra. Y hubo oro, mucho oro, que transportaban las caravanas que llegaban desde el interior y que propició el nombre que le dieron los navegantes portugueses. Tampoco es muy favorable a los militares españoles destinados en el fuerte, los pinta soberbios y un tanto mezquinos frente a la noble personalidad de Saint-Exupéry que tiene que negociar por ellos con los cheijs locales.

   En 1929 Saint-Exupéry empieza a publicar sus primeros relatos basados en sus experiencias en el aire. Frecuenta los aeródromos de Cabo Juby y de Villa Cisneros. Es un hombre distante, no muy simpático aunque correcto con los españoles. Tiene sus dudas literarias. Busca un estilo, un argumento fuerte. Y vuela en las mismas condiciones precarias que sus compañeros. Su paso por los aeródromos españoles es circunstancial, aunque lo recuerda en algunas de sus novelas pero sin que la presencia española en la zona fuera un asunto especialmente importante para él.
   La novela de Iturbe gustará más a los aficionados a la aviación que a los de las colonias africanas.

lunes, 26 de noviembre de 2018

ESCRITORES GUINEANOS Y COLONIZACIÓN ESPAÑOLA (5): RELATOS de MARÍA NSUE


NSUE ANGÜE, María:
-          Relatos (Centro Cultural Hispano-Guineano. Malabo 1999. 164 páginas. Dibujos de Virginia Ubalde).
-          Cuentos y relatos (SIAL. Madrid 2016. 306 páginas. Prólogo de Gloria Nistal).

   En 1999 apareció en Malabo un libro de modesta apariencia pero de gran importancia para la historia de la literatura guineana. María Nsue ya había publicado la novela Ekomo en 1985. La autora era una excelente narradora oral, una mujer de una gran capacidad de ficción que combina la imaginación con la tradición mágica del pueblo fang. Este libro titulado Relatos contaba además, con unos notables dibujos de Virgina Ubalde. Eran dieciséis cuentos de distinta temática y extensión. En 2016, la editorial Sial retoma la obra de esta autora y publica de nuevo los relatos añadiendo otros nuevos como ya había hecho con Ekomo, publicada nuevamente en 2008.

   María Nsue nación en Ebebiyín en 1945 y murió en Malabo en 2017. Vivió en España desde niña, donde hizo sus estudos. Al volver a Guinea Ecuatorial, trabajó en el Ministerio de Información y en prensa y radio. Fue académica correspondiente de la Real Academia  Española de la Lengua.
Dibujo de Virginia Ubalde
   Los cuentos de Nsue son variados en factura, extensión y temática. Y entre ellos, como no puede resultar extraño para una mujer nacida bajo la colonización, hay algunos de argumento colonial o en los que la colonización está subyacente. Como el titulado Keoma que rememora la enseñanza que los españoles daban a los niños guineanos, llena de referencias a un país que no conocían. Las relaciones entre colonos y guineanos en los años previos a la independencia en la que los blancos señalaban el precio de venta y de compra y las ilusiones de los agricultores locales de desvanecían al comprobar que sus productos no alcanzaban el valor que pensaban da para un relato como Los negocios del ángel, que acaba transformándose en un canto a la ternura y la inocencia infantil. Porque María Nsue escribe sobre los niños y las mujeres como tema redundante para dar una visión más suave de la vida áspera. La ingenuidad con la que los guineanos admitían el trato de los blancos, el sometimiento ante la imposibilidad de oponerse: Una a una las cestas se fueron tasando. Y, a medida que la concurrencia veía sus importes, las expresiones se nublaban. El precio apenas llegaba a la mitad con que habían soñado y, poco a poco, los sueños se fueron alejando entre las nubes. Pues no habían sido más que sueños. Ninguna de las cestas más grandes llegó a cobrar un billete. Todas eran monedas que había que aceptar simulando alegría porque, de lo contrario, el blanco podía darse cuenta y rebajar o, lo que era peor, rechazar la mercancía (página 61). En el fondo, la aceptación fatalista de los hechos como inmodificables. Más que entre colonos y colonizados, entre pobres y ricos o entre poderosos y desvalidos. A pesar de estas referencias, la colonización no es uno de los argumentos principales de la autora.

   Los relatos de Nsue son de diferentes épocas y se nota en  la manera de narrar. En conjunto, la escritora crea un mundo especial, algo que en una época se llamó realismo mágico y que es una mezcla de imaginación y de la recreación de las leyendas de un mundo exuberante y fantástico como es la selva. Los cuentos de María Nsue nos llevan siempre a su novela Ekomo (Universidad Nacional de Educación a Distancia. Madrid 1985. 194 páginas. Prólogo de Vicente Granados; SIAL. Madrid 2008. 249 páginas), cuya publicación fue un hito en la historia literaria de su país, y sigue siendo un referente por varios motivos: la primera novela de una mujer guineoecutoriana, la primera desde la independencia, la primera que se tradujo al francés… Ekomo está mejor escrita que los relatos, más corregida (no sé si intervinieron personas distintas de la autora) y más detallada. Es la síntesis de una manera de ver el universo del bosque guineano, de la vida femenina en la aldea, del misterio y el poder, del lento transcurrir de la tradición que envuelve la sociedad tribal y su ruptura inicial mediante la influencia misionera. Novela imprescindible para la historia literaria de su país.